miércoles, 21 de abril de 2010

La historia de Luis Eduardo

Salía de la oficina como una working-girl destartalada, bolso en bandolera y gabardina al viento y me abalancé sobre el primer taxis disponible. La falda demasiado estrecha me impedía maniobrar y casi a plomo caí sobre el vulgar asiento trasero. –Buenas tardes- me espetó un clon de Luis Eduardo Aute. Esta vez estaba tan estresada de hacer contra-reloj un sinfín de tareas robóticas que tenía ni la más mínima intención de charlar con el taxista, así que me limité a darle las cordenadas y a mirar distraídamente por la ventanilla.
Sin embargo el comportamiento errático de “Luis Eduardo” atrajó en seguida mi atención y que poseía una habilidad inaudita de ir escogiendo por tramos aquellos más lentos, pesados y absurdos, alargando de este modo, no sólo innecesariamente la carrera sino crispando también mis nervios con comentarios conspiratorios contra el alcalde. Al parecer Luis Eduardo “y otra mucha gente” (de su grupo de izquierda unida, I guess…) creían que Gallardón había fraguado el plan de empeorar a propósito el tráfico de la Castellana con la finalidad de ganar apoyos para su criticado proyecto de soterrar la avenida. Yo escuchaba nerviosamente sus perífrasis y circunloquios, extrañamente universitarios para un taxista convencional, sin intervenir mientras me acordaba desesperada de toda su familia por retrasar con memeces mi llegada a casa.
Tras charlar del Plan E y confirmarme que se ilustraba con El País (nunca lo dudé), que era de un pueblo de Cantabría sin futuro, que su madre era catalana y que vivía en Collado Mediano me confesó sin necesidad de que le tirasen de la lengua, que sus hobbies requería que él tuviera un horario determinado. Y entonces lo soltó: era criador profesional de gatos (federado, añadió). Además criaba Bonsais y por ello no podía permitirse pasarse todo el día en el taxi.
Yo pensé que había pocas cosas más frikis que ser criador de gatos y me acordé de esa compañera de la oficina que pertenecía a un foto de mininos y yo flipaba…
No creí que Luis Eduardo pudiera seguir proporcionándome momentos más surrealistas hasta que me confesó que tenía una hija con sobre-dotación en Francia terminando medicina con 17 años, que tocaba piano y violín y hablaba español desde que tenía un año y 4 idiomas más desde los 9.
Con esas llegamos a la puerta de mi casa y me dí cuenta de que Luis Eduardo me había cobrado dos euros más de lo habitual pero me había proporcionado una gran historia.

3 comentarios:

  1. me estoy partiendo la caja aquí mientras que con cara profesional finjo redactar un contrato ISDA. he aquí mi última experiencia perteneciente o relativa al mundo del taxi:
    buenos aires, salida del aeropuerto Ezeiza, tras un aterrador cuasi-amerizaje en el Río de la Plata. digo amerizaje con propiedad.
    tras haber rozado la muerte como comento gracias a un piloto temerario en un aeropuerto encajonado en el hueco disponible en la margen de un río dentro de una ciudad, tomamos el primer taxi de la fila. (cuándo los clientes podrán reservarse el derecho de admisión en una fila de taxis??).
    llovía.
    el señor llevaba las ventanas abajo. subo la mía porque en un espantoso deja vu vuelto a tener las cataratas encima.
    fuma. como un escuarzo.
    le pido con un hilo de voz que suba su ventanilla porque comienzo a sentir el agua corriendo por mis bragas.
    mientras zigzaguea con más temeridad que el resto de los conductores de buenos aires, cigarrillo colgado del labio, comenta (subiendo un cm su ventanilla) que no la sube más porque si no, se duerme, que lleva currando 24 h seguidas.
    el cinturón de seguridad, perdón, todos los cinturones de seguridad han sido quirúrgicamente eliminados de su bólido, porque no encuentro ni un cinto inoperativo al cual agarrarme.
    fin

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  2. Mola tu relato. Aunque creo que es probalísticamente (es posible que haya inventado el término) más común un taxista overworking que criando gatos siameses en collado mediano...
    Una vez también tuve una experiencia parecida a la tuya con un taxista en nápoles desafiando el carril bus, la mediana y el carril contrario. Claro que en Napoli todo es posible mientras que en Madrid somos bastantes más sosos...

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  3. sí, es una historia vulgar, pero tuve miedo a la muerte. ha sido un viaje arriesgado en muchos aspectos. nápoles y buenos aires tienen un común denominador en su modus operandi automovilístico.

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