jueves, 17 de marzo de 2016

Mi vida sin mi

No lo digo en el sentido que lo hacía Isabel Coixet en aquella peli. No es como imaginar o planear como será la vida que te rodea cuando ya no estés. Me refiero a cómo es, a menudo, la vida, tú vida cotidiana, sin un rastro claro de ti.Lo pensé este fin de semana. Cuando hacía los deberes de mates con mi hija, después las compras familiares, preparando una tortilla de patata, amasando plastilina para un trabajo del pequeño. En todo el día, mi única misión no ajena fue buscar un estanco abierto para comprar tabaco de liar. El resto de la semana, incluidas 50 horas de dedicación profesional, fue un encadenamiento de sucesos que ocurrían para dar sentido y orden a la vida de otros.
Hoy, una receta de El Comidista me llevó a otra que me llevó a la historia de Jack Monroe, una persona “trans no binaria”. Me llevó un tiempo entender la cuestión, puesto que Jack dice no ser ni mujer, ni hombre, ni querer ser a ciencia cierta una cosa o la otra y descubrir, de paso, que se puede tener no sólo una o varias, sino todas y ninguna identidad de género. La cosa es que pensé, ¡guau, esa sí es una conversación compleja con uno mismo….! Una conversación que, ciertamente, yo no podría tener, ya que en mi diálogo anterior hay más frases del tipo, ¿cuántas galletas maría pueden comer los niños a la semana? que una rutilante frase del estilo de, ¿quién soy yo realmente?

No creo que sea yo la primera en preguntarme quien-soy-yo-al–margen-de-mis-circunstancias. Es más, en esta suerte de crisis, sé que estoy con mi amigo “N” con quien solía comer coquinas con arena cuando éramos libres, con mi amiga “A” cansada de explicar a todos que hay más trajes que el traje vital que se enfunda la mayoría. Y en homenaje a todos los conflictos de andar por casa, comparto sentimiento y fotograma con la mujer que lloraba ante los helados del super en "Cosas que nunca te dije" (quien la vio se quedó con eso) porque "lo único" que quería era curarse el dolor con una tarrina grande de "Chocolate-chocolate-chip" y con ninguna otra cosa.

Así que siguiendo el silogismo inspirado en la historia de Monroe, supongo que me encuentro en un camino intermedio  es decir, “no-binario” en un sentido vital. Osea-se, en mi caso, no me identifico existencialmente ni con el cambio ni con la continuidad, no sé si voy o vengo o quiero seguir o cambiar algo, todo o nada. Vamos que me veo en una encrucijada, más o menos tolerable, entre la añoranza de la intensidad juvenil y la satisfacción por la moderación ganada después. Dicho sea de otro modo, que combino, según los días, un deseo de rebirthing sabor chocolate-chocolate-chip, con el afecto hacia la persona en la que me he convertido con los años.

Tal vez sólo necesite intercalar esta sucesión reciente de fotogramas protagonizados por otros, con un par de escenas protagonizadas por mí, en las que, por ejemplo, baile descalza en modo molinillo en alguna playa a la tarde o me regale unos fragmentos de una pieza lenta al piano de Keith Keniff, mientras me imagino, pongámos en Islandia, tumbada en aspa sobre la hierba y haciéndome una pregunta profunda como ¿Quién soy yo realmente?

martes, 2 de febrero de 2016

Listos imperfectos y perfectos idiotas


Puedo perdonar incontables defectos...como decía Oliverio, el poeta de la película de Subiela que buscaba a la mujer que supiera volar..."si no sabe volar está perdiendo el tiempo conmigo..." decía en su poema guionizado el poeta real Oliverio Girondo. A mí no me pasa con el tamaño de la nariz o las nalgas de las mujeres  ni con el amor. En mi caso, las líneas rojas que trazo a modo de mapa de lo que busco, es también el mapa de lo que voy descartando.
Como para mí lo más importante son las personas, me afano en escogerlas como compañía de entre la masa informe de gentes que es la humanidad.  Me pasa que siempre que reflexiono sobre lo que busco y aprecio en las personas, llego a un punto en que me inclino por el plano cognitivo. Simplificando mucho diría que me inclino más por los listos, y dentro de estos, más a los listos imperfectos que a los perfectos, entendidos estos como poseedores de una perfección cuadriculada que me suele resultar repelente. Queda deducido de lo anterior, pues, que mi antihéroe es un perfecto idiota, un idiota de manual, que diría Vargas Llosa.
Yo me refiero a un perfecto idiota en sentido amplio, siguiendo a Gardner y sus inteligencias múltiples, es decir un idiota que, aun disponiendo de alguna virtud académica, tiene por talento personal un triste erial.
Valoro pues la inteligencia. Pero la inteligencia clásica medida tipo test no basta. Ahí es donde entran en juego las imperfecciones, aristas y matices que actuarían de la misma forma que los surcos y relieves de una talla de madera convierten a un simple tronco en algo más.  Las debilidades, manías, miedos o inseguridades nos hacen humanos y a mi entender, dentro de un orden, interesantes. Algo así como no terminar de encajar en el molde.
Confieso además que soy irrecuperable a la decepción de un alma vacía. Padezco de horror vacui al alma mema, que se asemeja a la oquedad natural de un tronco con más aire que materia por el que se pasean joviales ardillas y ratones. 
A menudo, a excepción del frívolo o el patán cualquier tipo humano me parece entrañable. Me gustan los humanos distraídos, los inseguros o los outsiders (aunque tampoco es que sea conditio sine qua non estar desequilibrado para gustarme, de todo se cansa uno...). 
Pero es verdad que contemplando a fulanito el recién duchado, el pragmático y equilibrado fulanito que va enarbolando la verdad de las cosas, zas, zas, sin pena ni derrumbe, yo me digo...lagarto, lagarto...
Soy víctima de un prejuicio transversal, lo reconozco. Porque al aplicarlo no hago remilgos de ciencias o de letras, de izquierdas o las derechas, de edad, sexo, o cualquier otra variable sociológica.  Pero es que la levedad, como titulaba Kundera, me resulta insoportable. 
Y tras un largo circunloquio llegamos a la novedad. He descubierto (en modo conversación interior conmigo misma) que lo que busco es algo más, que me maravilla algo más de difícil explicación, lo que creo que llena el alma o la hace leve: la bondad o su ausencia. 
No he desarrollado aún la idea, sólo la dejo ahí, pendiente de una pensada larga, un poco de research sin obviedades y una puesta en común otro día…Sed buenos.

miércoles, 20 de enero de 2016

La nueva vieja era

Dicen algunos que ha empezado una nueva era. No sé si eso es cierto, empíricamente cierto o siquiera si es empíricamente posible validar dicho aserto o negarlo. Es como la  probatio diabólica que hace recaer la carga de la prueba en quien no puede demostrar nada. No puedo hacer, por tanto, una aproximación cercana a la VERDAD pero si una reflexión confusa, incierta y plenamente subjetiva de esa supuesta nueva era en la que lo nuevo engulle a lo viejo pero en la que las madres trabajadores llevan al escaño a su niño colgado de la teta como las mujeres recolectoras del neolítico en defensa del derecho fundamental a la crianza con apego.

Empezaré por el final. Estaba yo saliendo del Congreso y bajaba la carrera de San Jerónimo con una sensación de desasosiego, mezcla de esperpento y disgusto por una primera sesión constitutiva que parecía un circo de tres pistas y donde se olía más el tufo del rencor y la autosuficiencia que el verdadero aliento renacentista de un cambio de era. Más bien flotaba en el aire una suerte de escenificación de revancha en nombre de un pueblo del que, al parecer, no soy parte ni yo ni el 80% del país que no ha votado a Podemos.

Me parece necesario apuntar que a Podemos y todas sus Mareas les han votado algo más de 5 millones de personas de un total de 25,3 millones de votantes. Lo digo a los efectos de dimensionamiento de la sed de cambio de era (incluido un supuesto deseo de cambio de sistema) porque una cosa es admitir problemas graves en España, una evidente fragmentación del sistema de partidos y una estrategia de éxito de candidaturas conjuntas con Podemos y los partidos nacionalistas de izquierdas y otra muy distinta es aceptar sin más el peronismo que habla en nombre de un pueblo al que, en 8 de cada 10 casos, no representa.

El recurso a la política de masas, la cuidada puesta en escena que obligó a los Podemos a madrugar para reservar los asientos más centrales del hemiciclo para salir en la tele, bebé mediante, dando sensación de llenazo total, los puños en alto, las soflamas asamblearias, las caras de “me las pagarás”…estoy segura que excitaron las entrañas de un Monedero a mitad de camino entre Maki Navaja con su chalequillo y Lucky Luke con su pañuelo rojo al cuello. Lo digo básicamente en un plano más estético que ético aunque según Wittgenstein lo ético y lo estético sean, sencillamente, lo mismo.

Supongo que muchos, o algunos, pongamos un 20% de españoles o españoles salientes, se emocionaron hasta la lágrima con los podemitas saliendo del Congreso al mismo tiempo que yo bajaba la calle con la sensación de vértigo y desazón ante un intento de asalto de retórica bolchevique disfrazado de amor universal y justicia social. De hecho, conozco bien a algunas personas cercanas a mí que tal vez lloraron también auténticamente de emoción. Y el caso es que lograr seducir a un 20% de españoles anteriormente desperdigados y desmotivados no es poca cosa sino, por el contrario, una gesta de la que sus creadores pueden estar abiertamente orgullosos.

Yo, la verdad, no me emocioné. Hace tiempo que el marxismo no me llena ni me sirve para explicarlo todo. Que le voy a hacer, las teorías conspiratorias globales no son lo mío. Al contrario, me sentí en ese gran batallón del 80% de normales decadentes que no hemos pillado la alegría que supone la nueva era (que es algo así como la traducción marxiana de Iglesias de la "dictadura del proletariado" en la "Teoría de la Tuerka", ya ahondaré en ello en otro post). El 80%, en resumen, que entiende que "lo nuevo" no es levantar el puño y estar enfadado estructuralmente con el mundo, ni ajustar cuentas a bulto con todos los resistentes al cambio de era. De hecho, todo lo anterior es bastante viejo, viejo de tanto usarlo. Está, eso sí, muy inteligentemente vendido en una sociedad de gentes dolidas y desangeladas que han comprado este producto centenario en su envase premium.

Parece algo evidente que en una batalla de lo nuevo contra lo viejo importe poco a los nuevos lo que sientan los viejos. A fin de cuentas, lo nuevo es bueno per se, fresco y perfumado de células vivas y lo viejo pues eso, es viejo, rancio, decrépito. Como casi está muerto…pues en fin…es más bien como preocuparse por el ánimo de un zombi, de un muerto viviente.

Pero no es así como muchos mayores se sienten. Recuerdo una Feria del Libro en Madrid hace un par de años en la que compré un libro a Joaquín Leguina y comentamos un rato el panorama político que a mí me parecía entonces de lo más interesante. Podemos acababa de obtener 6 diputados en las Europeas. Y de repente él me dijo: ¿Sabes lo que pasa? Que yo soy ya mayor y no me hace ninguna gracia que se carguen mi país. Es decir, lo que entonces para mí era interesante para él, un hombre de izquierdas, culto y moderado, era ya percibido como una amenaza.

Es evidente que poco importa que la sonrisa y el miedo cambien de bando cuando uno pertenece al bando que suelta el miedo y abraza la sonrisa. Pero ojo con jugar a suma cero como si el miedo sólo pudiera repartirse y no superarse. Jugar a que si yo me río es porque tú estás jodido es una mala fórmula para construir comunidad, sociedad, pueblo o país. Salvo que la verdadera intención sea la ruptura redentora.

Soy consciente de que ese nuevo reparto de miedos hace a algunos sentirse poderosos y eso, sin duda, te levanta un palmo del suelo pero conviene no olvidar a todas esas personas anónimas que no buscamos la estabilidad del Ibex sino la estabilidad de llegar a casa junto a nuestros padres-cuidadores-de-hijos-que-no-llevamos-a-nuestros-trabajos y encontrarlos con las carnes abiertas ante tanto puño cerrado y tanta vena aorta reventona.

Creo que estamos jugando a un juego de la confusión que no pienso dejar pasar de largo. Niego la mayor. Aquí no hay nada nuevo. Y si la nueva era es el cordón sanitario al PP y sus más de 7 millones de votantes o a los 3,5 millones de ciudadanos que suponen la  ”nueva derecha” de Ciudadanos  y si sus enseñas son el puño en alto, la revolución obrera y el nada nuevo rencor de asusta monjas, me pido un poco de eso supuestamente trasnochado que es la moderación, el debate y el acuerdo. A sabiendas de que para estos nuevos esas palabras no sean más que el frame de resistencia de la clase dominante desde la superestructura.

Será, qué duda cabe, que me estoy haciendo mayor porque anhelo un país donde se dejan ya de tocar las pelotas con los bandos y las clases dominantes y se aprende a ser activista sin ser grosero (será esto una antinomia) y político sin ser sectario (es que estoy pidiendo lo imposible...) y donde se abstengan de plantear alegatos en mi nombre sin mi consentimiento (a ver si va a resultar que me estoy volviendo contrarrevolucionaria…)




viernes, 25 de septiembre de 2015

¡Eres español y lo sabes!

A vueltas con la identidad individual y colectiva,  a una servidora se le van los pies con esta danza del absurdo que estamos bailando en los últimos tiempos.  En verdad es inevitable ponerse las alpargatas de bailar sardana pues no hay un minuto del día, de cada día, en los últimos meses, en que Cataluña no sea tema de conversación, tertulia, columna o viñeta. -Osti tú- que diría Eugenio (he pasado media infancia escuchando a Eugenio en la radio del coche de mi padre) es que la ocasión lo merece…

Hoy recuerdo con cariño otros tiempos en que nadie hacia mucho caso al tema de Cataluña. Una vez, siendo yo profesora asociada de ciencias políticas (iba a poner mileurista pero entonces el sueldo no me daba ni para la mitad de eso) mi amiga Anita hizo una fiesta de disfraces en su piso compartido de la calle Marqués de Zafra. Se gestaba por aquellos tiempos la segunda versión del Estatuto Catalán y yo solía comentar la cuestión territorial con los alumnos. En esa fiesta le propuse a mi novio ir los dos con disfraces conjuntados, tú de Constitución y yo de Estatut. Mi entonces novio y actual marido, me miró con toda su “mancheguidad” y me dijo, ¿eso qué es, humor político? Pues sí, era mi forma carnavalesca de tomarme a chufla las cosas de la secesión y los estados confederados precisamente porque sí les doy importancia.
El caso es que yo sí me confeccioné un atuendo estatutario con una faldita de tablas hecha con folios pegados a una cinta adhesiva, un body negro, peluca rubia “a lo Belén Esteban” y barretina. Lo hice en parte por provocar, que es lo que se hace en Carnaval pero también, lo digo de corazón, para que la gente fuera consciente de que salvo cuatro freaks de Somosaguas o Ciudad Universitaria, nadie se había leído las pocas hojas del Estatut del que todos hablaban.

Me ha dado tiempo a tener dos hijos y cambiar 3 veces de trabajo pero el debate no ha evolucionado mucho, salvo para llevar más lejos las mismas neurosis tardo adolescentes mal digeridas de siempre. O parafraseando al gran sociólogo Pérez-Díaz en una reciente reflexión sobre los últimos siglos de España: “Ahora estamos aquí, entretenidos con las ansiedades del momento, y casi carentes de narrativas históricas, en un estado de cierta penuria cultural disimulada.(…) quizás sea cosa de comenzar a rememorar las cosas poco a poco, mientras nos aplicamos a la tarea de poner en orden el desorden inmediato.”

Faltos de relato histórico, huérfanos, diría yo, de relato histórico y casi de relato, los españoles vamos errantes por mor de la penuria cultural y últimamente de la penuria a secas. Así las cosas, resulta que Trueba no se ha “sentido” español ni cinco minutos en su vida y hace unos meses Yunqueras proclama en Salvados que España era para él como una suegra antipática que uno está deseando perder de vista.
En realidad, ¿qué es la identidad sino una serie de rasgos culturales, sociales y políticos compartidos en modo variable por cada cual? Hoy lo contaba un intelectual entrevistado por el  El Pais (no he sido capaz de encontrar el recorte): la identidad es algo individual. Hacer de lo individual algo colectivo, como siempre que se habla en nombre del pueblo, es un terreno abonado para el populismo, el nacionalismo y supongo que todos los ismos.

En realidad nadie debe meterse en las razones del corazón que acompañan el simbolismo íntimo con el que cada cual se siente más conforme, banderas, posters del ché o Los Secretos o estampitas de la virgen de tu pueblo.  Pero una cosa es la identidad y otra la nacionalidad. Uno es o no es español, sienta lo que sienta y lo adorne como lo adorne. Como diría la Mari Manene del pueblo de mi suegra, -pero hermoooosos…-, ¿no desayunáis de vez en cuando café con churros? Ea pues eres español, porque eso fuera es imposible ¿O es que acaso comes pepino crudo y yogur como en Turquía? A lo mejor eres turco y no lo sabes…

Eres español, pretendido amigo apátrida, quizás incluso contra tu voluntad, si haces un arroz con amigos y os tiráis tres horas de sobremesa o si pasas por la calle donde vive un colega y simplemente le dais un toque para que baje a tomar una caña. En caso contrario, tal vez seas alemán y le pidas una cita con dos semanas de antelación y te deje de hablar si llegas a tarde o lo cambias de día.

Sincérate contigo mismo, si en tu pueblo hay 5 veces más bares que farmacias, aprendiste a leer con Ibáñez y  te sabes el “Asturias patria querida” de memoria aunque no seas asturiano ni por el forro, seguramente eres un español involuntario. Probablemente, tu negación histórica, tiene que ver con el hecho de que no hayas pasado suficientes tardes comiendo pipas en un parque y hablando de la vida y eso explique que no te sientas identificado con la generación nocilla y el donuts de azúcar recién comprado. Tal vez, tú eras más de pepito de crema…

En definitiva, te has criado en España amigo. Te sorprende que en otros países no tengan cortinas ni persianas, hablas español a la perfección y además con un acento característico según donde hayas nacido pero no con un acento extranjero. Confiesa, en tu casa había un hermano que quería la tortilla con cebolla y otro sin ella y aún no lo has superado.

En la práctica, no puedes escapar del contexto...Lo de menos es que España sea lo que pone en tu pasaporte español, que te guste el himno o no o que te pintes la cara en los partidos o que no lo hagas. El caso es que no eres francés, ni chino, ni belga. No eres alemán, ni ruso. Puedes, incluso ser un freak de lo más extravagante y que en realidad lo que te emocione sea escuchar la estrofa del “Legal Alien” de Sting y pensar, -así, así me siento yo en España…like a legal alien in Spain- (pero no pronunciado con ese líquida, sino en E,  de ES-PAIN).  Eso me lo creo. No me choca nada. 

Es más, si te quejas de España, si maldices de España, si hablas pestes de España, es un indicio claro de españolidad. Si parodias España o Cataluña es signo claro de que te importa “a la española” porque los españoles tenemos que reírnos de lo que nos importa porque no sabemos, en tales circunstancias, ser nórdicos ni cartesianos o quizás es porque que expulsamos a los judíos hace siglos y perdimos con ello la oportunidad de un mayor mestizaje y rigor moral.

En realidad, sinceramente, me trae al pairo como haga cada cual con su mismidad. Lo que me parece inconcebible es carecer del más mínimo sentimiento de comunidad. Que no te importe lo que pasa en este país en el que te criaste, que te sea indiferente su devenir pero encuentres causas siempre lejanas que apoyar. Me parece marciano que se carezca del sentimiento solidaridad que sustenta, por ejemplo, el pacto entre generaciones que está en la base de nuestro sistema de pensiones o el pago de impuestos y su finción redistributiva. Ese yo me lo guiso y yo me lo como.

¿De verdad se puede ser totalmente ajeno a la historia, los valores y los recuerdos de tus padres, de tus abuelos y de cualquier antepasado tuyo? ¿Es posible vivir enajenado de tu propia infancia y de tu entorno sin algún tipo menor de afinidad o pertenencia?


En definitiva, no hace falta más que un mínimo tipo de sentimiento de comunidad social o política con los que te rodean. No matarás por ello (ni falta que hace), no harás campaña a favor, nunca comprarás banderitas ni las ondearás. Basta y sobra con un mínimo civilizador, la adhesión incondicional es voluntaria. Pero si te falta ese mínimo, entonces, eres un apátrida nihilista patológico cuya identidad no debería importarle un mierda a nadie. Y lo peor de todo (para ti) aunque tu ideal de vida esté siempre en otra parte y en ninguna, aunque quieras cambiar tu pasaporte español por uno del pato Donald e ir de ciudadano del mundo intergaláctico, te pongas como te pongas, eres español… y encima lo sabes.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

La belleza


Estoy ahogada de queja, de laberinto.
Me falta el aire, me paralizo, me petrifico.
Me duelo en seco, sin lágrimas.

Como una estatua de sal bíblica,
visiones ajenas de desmoronamiento
son mi paisaje.

Ecos de plañidera
mortifican a un país
que no se quiere a sí mismo.
Y mientras muevo los párpados
-la única parte del cuerpo que aún lo logra-
contemplo a la sirena que yace sin mar,
las garzas sin cielo
políticos con corbatas
y maestros salvadores
que son sólo plastas con jersey de bolas.

La música son tambores
y percusores propios del combate.
El xilofón no vibra ya
de tanta tirita
de tanta herida.

¿Dónde fuiste a parar belleza?
¿Cómo sonabas? ¿Qué luz bañaba tu cuerpo?
¿Qué alas llevabas puestas, que no las recuerdo?

Estás desenfocada, huera, deprimida,
herida de campo árido,
de alma seca,
de parloteo vacuo
de papagayo.
Zaherida de buitres, ladinos,
sin valores.
Maltratada por monstruos mezquinos
sin mirada.
Y rencorosos ávidos de saldar las cuentas de los muertos
con los vivos.

Belleza
¿Qué han hecho contigo estos vándalos?
Estés donde estés, aunque sea a rastras.
Despierta ya y lluévenos encima,

hasta el tuétano.

miércoles, 30 de abril de 2014

Pienso luego voy en bus

Me gusta ir en autobús porque puedo pensar 
Literalmente abandono el mantra no pensante, 
eso que hacemos los humanos de repetir escenas vividas 
y sus encadenamientos 
como ruedas de molino.
Es eso lo que hacemos tantas veces, 
repasar listas, 
botones sin coser
y yogures por comprar.
Analizar lo escrito o leído o escuchado
bombardeado 
en las sienas
como rayas de escaleras mecánicas
adheridas a los ojos en el último escalón
que engulle la tierra.

Procesar, masticando la vida.
Como un rumiante la hierba.

Pensar es otra cosa.
Me refiero a pensar en lo que venga.
O lo que ves. O lo que sientes. 
Pensar sin red.Un aprendizaje de funambulista.

Voy en el bus, con mi cuaderno y pienso.

Acaricio los lomos de la Moleskine,
-L´essentiel est invisible pour les yeux-
como una pitonisa ante su cliente la esfera de cristal.

Me siento importante. 
No me ahogo en mi ni en la vida. 
Soy el tótem y el espíritu de mi cuerpo. 
Soy yo la directora de la orquesta,
la cocinera de las palabras
la jefa de operaciones.

Eso no ha ha sido así siempre. Pero...
Tras la maraña adolescente intensamente caótica,
dramática (-no more dramas)
he olvidado tantos miedos...
He conquistado tantos bailes, tantos besos, tantas frases, que ni siquiera necesito una sola de ellas.
Mi propia imperfección me satisface y dentro de esta bruma tan llena de aristas, me siento como una rueda dentada, conectada a un engranaje que no rechazo ni desprecio ni comprendo, en realidad.

Esa es la clave. Querer estar aquí y saber. Saber estar.
Allá voy, cuesta abajo, con la verja del Botánico a mi izquierda.
Con una curiosidad innata hacia lo común superlativo.

martes, 1 de abril de 2014

Sonrisa en una botella

Daniel Luminius, pongamos por caso, iba sonriendo por la Avenida de Menéndez y Pelayo. No es que sonriera con fruición inusitada, de forma tan grotesca y teatral que fuera imposible no mirar.
Tan sólo era una sonrisa común y corriente de esas que uno pone cuando piensa en algún momento feliz o conversación risueña sin pararse a pensar en el prójimo ajeno que le mira en plan marciano y se pregunta: ¿Y este que hace riéndose sólo?
Lo cierto es que Daniel, de aproximadamente 33 años, lleva dos semestres recuperándose de las secuelas de un accidente de tráfico y el coma que le sucedió y le hizo perder buena parte de su función motriz. Razón por la cual pasea a diario y acude a logopeda y fisios semanalmente. Pasea a menudo y suele hacerlo con o sin su madre y siempre en compañía de un bastón y botas de treacking.
Algún cursi diría que en lugar de 33 tenía poco menos de dos años con algún eufemismo del tipo "ha vuelto a nacer". Lo cierto es que su aprendizaje se asemejaba al de los niños a los 15 meses si bien su mirada era más la de un hombre que había visto mundo.
Este joven alto, que en España podría pasar por rubio ("De pequeño era rubísimo, casi albino" habría dicho su madre) iba lanzando sus largas jambas calle arriba mientras sonreía como el-que-divisa-a-lo-lejos-a-un ser querido y lo recibe así, con una especie de abrazo sin palabras.
Una mujer se le ha quedado mirando mientras se cruzaban cara a cara frente a la verja del Niño Jesús. ¿Por qué me sonríe? ¿Pero a este chico que le pasa?
Ella no ha entendido nada pero para mí ha sido como encontrar una sonrisa metida en una botella.
He cogido el fortuito hallazgo algo emocionada y me he ido al final del autobús para desenroscar esa sonrisa madrugadora cargada literalmente de esplendor renacentista.