jueves, 5 de octubre de 2017

Algo bonito

angeles custodios cosas ensenan oracion invocacion
-Dime algo bonito. Verás-
Tú me das un clavel y yo
te daré mi zapato con un caracol pegado.
No lo lances con asco, confía en mí.
Es un símbolo de mi amor diverso, amorfo, desmoldado.
Escríbeme BO-NI-TO en el antebrazo
Así, con un boli bic
en mayúsculas porque,
lo creas o no, necesito verlo a diario.
Hoy
he oído violines tocando,
retumbando
como ángeles custodios
en los bajos de hormigón
que recorro cuando voy al trabajo.
Sí, estoy segura, eran ángeles.
Porque al oírlos
he pensado,
que toda esta pena 
se pasaría
si tú me das un clavel y yo
te doy mi zapato con un caracol pegado.
Símbolo de mi amor diverso, amorfo,
desmoldado.

lunes, 2 de octubre de 2017

Vista cansada

Necesitamos abrir el foco
el gran angular que mire lejos,
una pupila dilatada por la luz
buscando un horizonte.
No queda otra opción.
Porque si hoy miramos cerca,
demasiado cerca,
únicamente cerca,
nuestra vista cansada,
cansada,
tan cansada…
sólo distinguirá los borrones
de figuras
blancas
ajenas
espectralmente
abatidas.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Las naciones y los higos

El conflicto que se ha derivado del llamado “proces”, como antes ocurrió con intentonas similares como el “Plan Ibarretxe”, nos ha obligado a tener, o podríamos decir, soportar, a millones de personas del planeta tierra, un primer plano de la actualidad marcado por el nacionalismo. Ha llegado un punto que ha corrido por los grupos de Whatsapp un chiste que reza: “A Dios pongo por testigo que estoy del referéndum hasta el higo”, pues la saturación ha sido, y está siendo, infame. De hecho, doy por hecho de que este post tendrá, por hartazgo, un máximo de tres lectores, o tal vez, sirva para mermar mi ya de por sí, selecta pero, a la vez, poco concurrida, parroquia.

Aunque, semejante sobredosis, no nos libra, todo lo contrario, del esfuerzo de profundizar y aclarar algunos conceptos, ya que, algunos ya se han vuelto locos por el camino, y debe ser nuestra ambición no enloquecer nosotros también. Además, este año me he propuesto entender primero y tratar de explicar después, de forma que se me entienda, qué es cada cosa, es decir, cada concepto, como parte de un ejercicio cívico de conversación en plaza pública (que me lean poco no quiere decir que no puedan hacerlo).

La primera pregunta que me hago es ¿qué es el nacionalismo? Pues bien, cojo el trabajo del profesor de derecho político y catedrático de constitucional, José Acosta Sánchez, que llegó a ser diputado en el Parlamento de Cataluña por el Partido Socialista de Andalucía y luego, que cosas, miembro de IUCA durante un año en los 80, Los fundamentos teóricos del nacionalismo y el nuevo ciclo del fenómeno. Allí se cita a Gellner, como teórico del nacionalismo por antonomasia, para dar esta definición: «El nacionalismo es el principio según el cual la unidad política y la unidad nacional deben ser congruentes».

En esta línea nos explicó el profesor Bobillo en una clase de Ciencias Políticas, que el objetivo esencial e irrenunciable de los partidos nacionalistas era, precisamente, ese, construir la nación y el Estado propios. Pero, añade Acosta, no se da, en puridad, el nacionalismo sin un movimiento social de fondo que le otorgue su carácter real y no meramente teórico. Es decir, detrás de las ideas nacionalistas y de los políticos nacionalistas, hay alguna realidad social de fondo. Sin ella, no puede saltar la chispa.

La cosa es ¿cómo se construye esa realidad, esa nación, no ideal sino material? Hoy leía en la columna de Ignacio Camacho una cita de Jordi Puyol en los 90: "Si usted aterriza en Barcelona y ve los letreros en otro idioma y los guardias vestidos con otro uniforme, de inmediato se hace la idea de estar en otro país". Ergo, quizás esa idea de nación en Cataluña se haya ido extendiendo a partir del control nacionalista de la policía, es decir, la fuerza y la educación y la televisión, es decir, la maquinaria de construcción de hegemonías, que diría Errejón.

Eso es, en resumen lo que ha pasado, han ido haciendo realidad la nación que los nacionalistas soñaban. No se puede negar que ha calado esa idea aglutinante en muchos catalanes. Ahora bien, para mí lo inquietante es ¿cómo es que los nacionalistas catalanes (independentistas o no) reclaman a otra nación (España) con la que conviven, el respeto a la pluralidad y diversidad identitaria y lingüística pero, mira tú por donde, quieren imponer una nación unitaria al conjunto de los catalanes? Bueno, no a todos, en su borrador se alude al derecho de autodeterminación del Valle D´Aran. Que generosos.

Así que sí, vale, admitamos que existe la percepción de esa nación llamada Cataluña, la han creado los nacionalistas y muchos catalanes lo sienten y viven así. Ven lo que decía Pujol. La pena y el espanto es, que a su lado, hay otra nación de catalanes (los que también se sienten españoles) que a los nacionalistas más radicales les trae absolutamente al pairo, pero con la que comparten, sin embargo, lengua, cultura y territorio. Tan es así, que están dispuestos a pasarles, a su “otra mitad”, el rodillo del referéndum por el 50% más uno de los votos. Toma juicio salomónico.

Lo curioso, aunque desoladoramente contradictorio, es que en su borrador de Constitución Catalana exigen una mayoría de 2/3 para aprobar la Ley Electoral. Así que sólo diré una cosa más. Para cambiar de fecha las fiestas del pueblo de mi suegra, se hizo un referéndum, que no prosperó, por cierto, pero podría haberlo hecho, con la mitad más uno de los votos a favor y la participación del 60% del censo…

En definitiva, ¿puede gestionarse de la misma forma cambiar, por seguir con este ejemplo, la fecha de las fiestas patronales, que constituirse, un territorio dividido por la mitad en el plano de la identidad nacional, cómo Estado independiente? Es decir, puedes dividir una sociedad por la santa mitad sin exigencia de quorum y por un 50,01% de los votos, pero exiges para aprobar la Ley Electoral 2/3 de los votos, es decir, con el 66,6%? ¡Viva el contrato social! ¡Ole! ¡Yo pinto la democracia como me sale del higo!

Como diría mi hijo de 8 año ¿mamá, en serioooo? O sea que la pregunta ya no es qué es el nacionalismo, qué es la nación o si hay, o no, nación o nación de naciones, la pregunta es ¿en serio vas a seguir adelante con esta aberración política que divide en dos, despreciando “a tu otra mitad” y lo vas a hacer sin escucharla y me pides, me exiges, a mí que te escuche? En el sur te dirían un cosita sólo: ¡Y un higo pa tí!

martes, 26 de septiembre de 2017

Mi opinión de mierda

Parece existir un amplio consenso en torno a la idea de que occidente vive un periodo de grave crisis, social, política, económica e institucional. No creo que sea la primera vez ni la última en que, a lo largo de la historia, se vive con la sensación de ir derechos al abismo…Sin embargo, hace tiempo leí un artículo en El País titulado, Las paradojas del progreso: datos para el optimismo, cuyo antetítulo dice: “A pesar de que los políticos populistas se aprovechan del pesimismo de la población, estamos mejorando en todos los parámetros.” Por parámetros se refieren a renta, educación, esperanza de vida o salud. Lo podéis leer aquí: https://elpais.com/internacional/2016/12/29/actualidad/1483020328_085937.html. Para los amantes de las conspiraciones elitistas, tengo que decir que lo escriben unos politólogos bastante sensatos, y si me preguntan, con fondo socialdemócrata.
Mi opinión al respecto es ¿estoy loca por percibir que la realidad no es una distropía? ¿por querer leer libros que no pinten un futuro nauseabundo? ¿He perdido la empatía? ¿Estoy más cerca de júpiter que de la tierra? 
Porque cuando oigo decir a Errejón (que no me cae mal, por cierto), por ejemplo, que se han perdido los derechos sociales (e indirectamente ello justifica la revolución bolchevique revisitada), me pregunto: ¿qué derechos se han perdido? Es decir, ¿qué derechos, que antes eran boyantes e incuestionables, ya no lo son? ¿Qué me he perdido? Empecé a trabajar con 25 años, los seis primeros tuve un contrato temporal, los seis siguientes uno indefinido. Las peores condiciones laborales, de facto, fueron entonces, en los tiempos de la felicidad sindical y obrera, antes de las dos últimas reformas laborales, las que Podemos quiere derogar para que volvamos al edén de los derechos sociales, luego yo ¿a qué “enemigo” le echo la culpa? Hoy, en pleno fin del mundo, trabajo en el sistema de función pública como eventual. Trabajo mucho pero no me quejo, objetivamente, lo vivo con agradecimiento y satisfacción, con todos sus matices.
Porque para ser honesta, y es mi intención serlo, los matices empiezan a ser muy necesarios. Los matices son los siguientes: la crisis económica me ha golpeado menos que a otros, lo reconozco, aunque no por eso niego la dureza de la crisis en los sectores de la sociedad más vulnerables. Pero también afirmo que la burbuja inmobiliaria y financiera favoreció a otros y no, desde luego, a mí, que ni especulé, ni tuve mejoras salariales derivadas del boom, ni compré, ni vendí, ni me sentí en la champion league de la economía. Me quedan 15 años de hipoteca y he comprado mi primer coche después de cumplir cuarenta. 
Con todo, mi experiencia personal no es de empeoramiento sino de evolución, en definitiva, de progreso. Dicho esto, soy muy consciente de que hay personas de mi entorno más cercano que han perdido su trabajo y, a menudo, de camino, su autoestima. ¿Quiere ello decir que han perdido sus derechos sociales? No, lo que ha perdido es el puesto de trabajo. 
La conclusión de todo este post es que para mí lo peor es perder la esperanza que, según la RAE, es el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. Y esta es, para mí la clave, asistimos a un “debate público” en materia de macro relatos de la realidad. Una especie de batalla intelectual entre los que pensamos que la humanidad avanza con todos sus matices y los que creen que la humanidad retrocede sin matiz alguno y todos los planos, económicos, sociales, morales y democráticos. Entre los que pensamos que no estamos ni tan mal y los que dicen que la esperanza ha muerto y ellos son los que van a hacerla resucitar.
Así, el 81% de los votantes de Trump creen que hace 50 años el mundo era un lugar mejor. Y aquí, otros, tan populistas y agoreros como él, pero del otro palo, creen que vivimos en el abismo de la precariedad y que la democracia ha muerto (para mí, que se está muriendo de pena).
Luego veo la foto de los refugiados rohingya, que están siendo perseguidos y masacrados en Myanmar, y la jodida conversación postmoderna que estoy teniendo con este folio me da incluso ganas de vomitar. Es entonces, cuando me vuelvo a posicionar con la esperanza del progreso y me pongo una canción que me haga aflojar una sonrisa, como esta de los Punsetes:

viernes, 1 de septiembre de 2017

Give me light

Rebusqué en el bolso la metáfora que supiera incendiarme, hacerme crepitar o al menos que me devolviera a los tiempos en que hilar sílabas se parecía a respirar.
-Inspira, respira despacio, expulsa el monóxido. Inspira, expira. Estás hiperventilando sin tus metáforas, como una anguila en camisa de fuerza.
(O es que me pone nerviosa esta calma acomodada como les pasaba a los locos del patio de Yucas de Ignacio Carrión)
Pero el caso es que busco el mechero-metáfora con desesperación.
En el proceso circular enfermizo toco las llaves, la cartera, el bote de cacao y vuelta a las llaves. En este bolso saco inmenso que es como un burdel, un cajón de sastre.
E incapaz escudriño allá afuera la tormenta y su tambor de agua sobre la uralita.
Pero sólo encuentro “fast words” palabras basura, palabras procesadas y envasadas con sus espesantes, estabilizantes y conservantes.
Palabras enlatadas para decir que me falta el aire, que me faltan los botones que se pierden, las pequeñas cosas desparejadas desde la infancia, que sirven para abrir los poros, las arterias y las alas. Las pequeñas cosas importantes como los besos en el párpado móvil. Mis metáforas mojadas que se resisten a arder.
Por eso necesito ese puto mechero que busco, una y otra vez, en este bolso caótico, donde la mano gira y gira, tocando las llaves, la cartera, el bote de cacao y de nuevo las llaves.
Y ese billete sencillo de autobús que me recuerda, cuan fáciles, corrían los versos.

jueves, 27 de abril de 2017

Las nociones ideales

Las personas idealistas somos, según la RAE en su primera acepción aquellas: 1. adj. Que propenden a representarse las cosas de una manera ideal. Las personas idealistas tenemos, por ello, un problema de conciencia cada vez que se abre una falla en alguna de las instituciones en las que creemos.
Hoy me referiré, por cuestiones de actualidad, a la política pero también me pasa con otras nociones susceptibles de ser idealizadas como la familia, el amor o la patria. Porque la corrupción que salpica esta semana la política, más que salpicar la emponzoña, la sumerge en una poza de decepción y fealdad.
Por doquier hay políticos procesados, investigados y condenados, judicial y extrajudicialmente. No oculto que hoy es el PP, pero tampoco que ayer lo fue CIU y anteayer el PSOE y de todo aquel partido que algún momento haya tocado poder en algún lugar del mundo. Porque para ser tentado y mancillado, en definitiva, hay que haber tenido al menos la oportunidad.
El caso es yo, esa muchacha, con incipientes patas de gallo, “idealista de toda la vida” va sufriendo su corazón de camino al trabajo. -¿Qué es la política?-me digo -¿No es ya el noble arte de gobernar con justicia los asuntos públicos?- Repito la pregunta para mis adentros. -¿Qué es la política?- Nuevamente la RAE me dice, en su séptima, octava y novena acepción que es: 7. f. Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados.
8. f. Actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.
9. f. Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
Ergo, hay varias cosas, no ideales, sino conceptuales a tener en cuenta. En efecto, la política puede estar relacionada con la actividad del Gobierno y con la actividad de quienes aspiran a obtenerlo. Y también, esto es crucial, de los ciudadanos cuando participan en los asuntos públicos de un modo y otro.
La política pues, puede ser tenida como una entelequia ideal, de tal modo ungida de valores y virtudes, que las persistentes noticias de corrupción hagan caer de súbito su imagen al abismo de los desengaños. O puede ser, es otra opción, vista con más realismo como, por cierto, hacía Nicolás de Maquiavelo. Pensaba esto y me resultaba curioso que los portavoces de la “nueva política” hubieran construido un “frame” (un marco explicativo) que es, a la vez, realista (lo que es) y normativo (lo que debe ser). Tal vez no es un mal “approach” porque, desde luego, en mi experiencia personal con la política aprecio dosis de ambas nociones.
Es verdad que hay una cierta elevación moral, ética y un cosquilleo especial al pisar el Pasillo de Pasos Perdidos en el Congreso de los Diputados o leer en el BOE una pequeña aportación técnica en un texto legal o un speech televisado donde una reconoce una frase como propia y se siente parte de la comunidad política y el juego democrático.
Pero también hay mucha realidad de trabajo diario, de conversaciones cotidianas con gentes corrientes y decentes para gestionar políticas públicas, de horas perdidas y ganadas a la vida personal que son más bien de andar por casa. Simplemente oficio. Porque la política no es sólo lo normativo ideal sino también un oficio como otros con un ingente trabajo de despacho, transacción y gestión de la realidad tal y como es y no como querríamos que fuera. Un oficio que muchos ejercen bien y que otros, en cambio, aprovechan en beneficio propio.
Al final, en lugar de ponerme histérica e hiperventilar, concluyo en que nada es enteramente ideal. Todo, el amor, la política, la familia, todos los grandes conceptos, tienen su carne, su piel y sus vísceras aunque por detrás queramos que tengan también una bonita alma ejemplar que los eleve.
Como en el amor o la política, las decepciones son recurrentes. No todo son besos en andenes en los que se para el tiempo. También hay épocas bajas. Pero luego corre el aire y se toma distancia. Luego se hace justicia en parte, las cosas se recolocan. Se separa el grano de la paja, se distingue, se castiga o se perdona y uno, finalmente, hace balance a partir de la experiencia vivida. Y una no deja durante el proceso de creer en el amor, y tampoco deja de creer en la política.
La política en la que yo he trabajado durante una década no tiene nada que ver con esta ponzoña insufrible. La mía está llena de conversaciones, de debates de enmiendas, de ensayos, errores y aciertos. Llena de conferencias, de jornadas y congresos, de bocadillos en gasolineras y menús del día. Llena de versiones de documentos, de intentos de comprender y plazos por cumplir. Mi experiencia es ajena a operaciones financieras y sucias mordidas. Mi experiencia está limpia como una patena gracias al escrúpulo propio y a la ajena mirada del cuerpo de interventores ante la más nimia factura de un donut de azúcar sin justificar.

Mi experiencia es también esa parte de la verdad política de la que nadie habla. Mi auténtica experiencia política imperfecta con su toque de resplandor ideal. Es mi historia pero no viene hoy en la portada de ningún periódico ni nunca mereció un capítulo de “Salvados”. Lo que no le resta, by the way, ni un ápice de interés.

martes, 4 de abril de 2017

Una casa con cortinas

Hoy he vuelto a la bici, tal vez acuciada por la inminente ingesta de torrijas pero también alentada por la primavera que da un respiro al frío, los vientos y las lluvias. Además, la bicicleta es un método excelente para la reflexión porque te concede un horizonte largo y porque despega, a la par, pulmones y mente.
El caso es que hace una semana, en la reunión de sociólogos a la que me invitan desde hace años (todos, por cierto, gentes más ilustradas y prudentes que yo,) salió el tema de la confianza como elemento de amalgama social. En el sentido de que, se supone que, cuanto mayor es el grado de confianza entre las gentes de una comunidad, mayor es el potencial de agencia de la sociedad civil. Es decir, una sociedad es más civilizada, más activa y más relevante, cuanto mayor es el grado de confianza que los unos tenemos en los otros (se entiende que porque cumplimos y somos dignos de ella). Y esto en términos socio-políticos equivaldría a convertirnos en un quinto poder colosal (pero, a diferencia del “pueblo” para los populismos, tendríamos voz, o mejor voces propias y no andaríamos aborregados detrás de un líder o de varios)
En aquella conversación sobre confianzas, como suele ocurrirme, hablé de más, me lancé a conjeturar deprisa, algo enormemente osado en un contexto de sabios científicos, basándome únicamente en la observación participante, o sea, en mi experiencia de observadora de la tribu.
Siempre que lo hago me siento después algo torpe y culpable, pero también siempre recaigo en el asunto porque, como el escorpión y la rana o la misma piedra, es mi naturaleza y mi tropiezo habitual. Pese a ello, como esto no es una tesis doctoral sino una reflexión de bicicleta, creo que puedo permitirme la licencia de seguir desarrollando el tema straight ahead. Y el tema para mí era que el déficit de confianza que señalaba la encuesta, a mon avis, aparecía sobrevalorado, porque el español, es así, no hace falta ser Confucio, suele hablar mal del otro si le preguntas pero, en la práctica, confía más de lo que dice o en otras palabras confía “en el fondo”. ¿Por qué? Mi teoría es que, como suele ocurrir, funcionamos con clichés, algo que ayuda al proceso cognitivo y evita tener que hacer un ejercicio de hipótesis y falsación popperiano cada vez que uno opina de algo. Y la cuestión es que nuestro cliché del otro es, en buena medida, caricaturesco y muy superficial. Ese es un signo de españolidad. Pero no el único.
La simplificación crítica es, en efecto, un rasgo que nos compaña en todo, en la imagen de la democracia y su ejercicio, en la opinión pública y publicada y en las sobremesas de las casas y los cafés con las amigas (bueno, pensándolo bien, en los cafés de las amigas es probable que se profundice más que en el otros foros pretendidamente más académicos…las tertulias de hombres son otra historia…)
Bueno que me voy. Que vuelvo. Entonces, cómo somos realmente los españoles. ¿Confiamos algo más que menos o viceversa? ¿Cómo es posible que nos guste rozarnos, amontonarnos, hablar y reír juntos y luego nos cobijemos en nuestra casa con cortinas cerradas a salvo de las miradas de los otros? ¿Cómo es eso de ser a la vez muy abiertos y muy cerrados?
Para comprenderlo, de todas las teorías de mi querido Víctor Pérez-Díaz, esas mismas que suelo aberrar cuando las analizo en modo olfativo, me quedo en esta ocasión con la que versa sobre el papel predominante de la familia en España o lo que es lo mismo, el familismo español como elemento sociológico clave para entender nuestro comportamiento social.
Me sirve porque explica por qué somos “desconfiados” o atribuimos escasa reputación al otro (el vecino, el fontanero, el taxista o el político) pero también por qué lavamos en casa todo trapo sucio que haya que limpiar y por qué acudimos en socorro de hijos o hermanos caiga quien caiga y sean estos culpables o inocentes de su situación. Ergo, por qué somos más exigentes con los de fuera que con los de dentro y somos exhibicionistas con lo ajeno pero pudorosos con lo propio.
En definitiva, la teoría de la bicicleta funcionaría así: la confianza es plena con la madre, pongamos por caso, pero se va diluyendo a medida que ampliamos el círculo ad infinitum. Porque cerca del núcleo sí confiamos, confiamos en la elección de médico por referencias próximas, en la peluquería de siempre, en la marca de casa “de toda la vida”, confiamos en los amigos de nuestros amigos y en las empresas de los amigos de nuestros amigos, en todos esos elementos que huelan a familiar. Y en sentido contrario, lo que se salga del círculo nos huele a chamusquina. Vete tú a saber esos en qué andarán metidos…
INCISO A PARTE: Por razones como las expuestas, el conocido capitalismo de amiguetes, por ejemplo, posee un fuerte anclaje social allí donde la familia funciona como en España y en sentido inverso, sólo la globalización podrá romperlo a través de estrategias abiertas como la venta on-line y la internacionalización de las empresas.
Porque la cercanía física es clave en nuestro país. Alguien a quien pondríamos a parir en un bar, se convierte pronto (pongamos tras unas cañas, un trayecto en tren o un Paquito el chocolatero) en un “colega” que es la excepción que confirma la regla de los fontaneros, los taxistas y los políticos. Y llegados a este punto, ¿cuál es la conclusión social? ¿Tenemos un problema como se apuntaba en la discusión sociológica o tenemos remedio?  ¿Es la nuestra una versión social incívica o por civilizar o, por el contrario, una versión mediterránea ordenada, sí, pero según unas reglas basadas en la cercanía afectiva?
Yo, probablemente, siguiendo a mi pituitaria, creo que es más esto último. En conclusión, creo que somos, podríamos decir, un país de gentes majas, criadas con amor por nuestras familias, confiadas en buena medida, pero proclives a la lealtad al círculo próximo que, a menudo nos protege. Por es eso nuestra movilidad geográfica es escasa y, en parte, por eso nuestra emancipación es tardía o indefinidamente pospuesta.
Somos majetes, de eso no hay duda. En eso quiero complacer a Rajoy hablando bien de España. Pero no nos vendría mal tampoco abrir un poquito el círculo y viajar socialmente a lugares y círculos distintos de los que a cada cual nos haya correspondido. Y eso va de viajar de abajo a arriba y de arriba abajo. Porque eso de viajar, es un consenso básico, abre la mente mucho, más incluso que la bicicleta. A mí me ha ido bien. Pero eso ya es otra historia.