jueves, 27 de abril de 2017

Las nociones ideales

Las personas idealistas somos, según la RAE en su primera acepción aquellas: 1. adj. Que propenden a representarse las cosas de una manera ideal. Las personas idealistas tenemos, por ello, un problema de conciencia cada vez que se abre una falla en alguna de las instituciones en las que creemos.
Hoy me referiré, por cuestiones de actualidad, a la política pero también me pasa con otras nociones susceptibles de ser idealizadas como la familia, el amor o la patria. Porque la corrupción que salpica esta semana la política, más que salpicar la emponzoña, la sumerge en una poza de decepción y fealdad.
Por doquier hay políticos procesados, investigados y condenados, judicial y extrajudicialmente. No oculto que hoy es el PP, pero tampoco que ayer lo fue CIU y anteayer el PSOE y de todo aquel partido que algún momento haya tocado poder en algún lugar del mundo. Porque para ser tentado y mancillado, en definitiva, hay que haber tenido al menos la oportunidad.
El caso es yo, esa muchacha, con incipientes patas de gallo, “idealista de toda la vida” va sufriendo su corazón de camino al trabajo. -¿Qué es la política?-me digo -¿No es ya el noble arte de gobernar con justicia los asuntos públicos?- Repito la pregunta para mis adentros. -¿Qué es la política?- Nuevamente la RAE me dice, en su séptima, octava y novena acepción que es: 7. f. Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados.
8. f. Actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.
9. f. Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
Ergo, hay varias cosas, no ideales, sino conceptuales a tener en cuenta. En efecto, la política puede estar relacionada con la actividad del Gobierno y con la actividad de quienes aspiran a obtenerlo. Y también, esto es crucial, de los ciudadanos cuando participan en los asuntos públicos de un modo y otro.
La política pues, puede ser tenida como una entelequia ideal, de tal modo ungida de valores y virtudes, que las persistentes noticias de corrupción hagan caer de súbito su imagen al abismo de los desengaños. O puede ser, es otra opción, vista con más realismo como, por cierto, hacía Nicolás de Maquiavelo. Pensaba esto y me resultaba curioso que los portavoces de la “nueva política” hubieran construido un “frame” (un marco explicativo) que es, a la vez, realista (lo que es) y normativo (lo que debe ser). Tal vez no es un mal “approach” porque, desde luego, en mi experiencia personal con la política aprecio dosis de ambas nociones.
Es verdad que hay una cierta elevación moral, ética y un cosquilleo especial al pisar el Pasillo de Pasos Perdidos en el Congreso de los Diputados o leer en el BOE una pequeña aportación técnica en un texto legal o un speech televisado donde una reconoce una frase como propia y se siente parte de la comunidad política y el juego democrático.
Pero también hay mucha realidad de trabajo diario, de conversaciones cotidianas con gentes corrientes y decentes para gestionar políticas públicas, de horas perdidas y ganadas a la vida personal que son más bien de andar por casa. Simplemente oficio. Porque la política no es sólo lo normativo ideal sino también un oficio como otros con un ingente trabajo de despacho, transacción y gestión de la realidad tal y como es y no como querríamos que fuera. Un oficio que muchos ejercen bien y que otros, en cambio, aprovechan en beneficio propio.
Al final, en lugar de ponerme histérica e hiperventilar, concluyo en que nada es enteramente ideal. Todo, el amor, la política, la familia, todos los grandes conceptos, tienen su carne, su piel y sus vísceras aunque por detrás queramos que tengan también una bonita alma ejemplar que los eleve.
Como en el amor o la política, las decepciones son recurrentes. No todo son besos en andenes en los que se para el tiempo. También hay épocas bajas. Pero luego corre el aire y se toma distancia. Luego se hace justicia en parte, las cosas se recolocan. Se separa el grano de la paja, se distingue, se castiga o se perdona y uno, finalmente, hace balance a partir de la experiencia vivida. Y una no deja durante el proceso de creer en el amor, y tampoco deja de creer en la política.
La política en la que yo he trabajado durante una década no tiene nada que ver con esta ponzoña insufrible. La mía está llena de conversaciones, de debates de enmiendas, de ensayos, errores y aciertos. Llena de conferencias, de jornadas y congresos, de bocadillos en gasolineras y menús del día. Llena de versiones de documentos, de intentos de comprender y plazos por cumplir. Mi experiencia es ajena a operaciones financieras y sucias mordidas. Mi experiencia está limpia como una patena gracias al escrúpulo propio y a la ajena mirada del cuerpo de interventores ante la más nimia factura de un donut de azúcar sin justificar.

Mi experiencia es también esa parte de la verdad política de la que nadie habla. Mi auténtica experiencia política imperfecta con su toque de resplandor ideal. Es mi historia pero no viene hoy en la portada de ningún periódico ni nunca mereció un capítulo de “Salvados”. Lo que no le resta, by the way, ni un ápice de interés.

martes, 4 de abril de 2017

Una casa con cortinas

Hoy he vuelto a la bici, tal vez acuciada por la inminente ingesta de torrijas pero también alentada por la primavera que da un respiro al frío, los vientos y las lluvias. Además, la bicicleta es un método excelente para la reflexión porque te concede un horizonte largo y porque despega, a la par, pulmones y mente.
El caso es que hace una semana, en la reunión de sociólogos a la que me invitan desde hace años (todos, por cierto, gentes más ilustradas y prudentes que yo,) salió el tema de la confianza como elemento de amalgama social. En el sentido de que, se supone que, cuanto mayor es el grado de confianza entre las gentes de una comunidad, mayor es el potencial de agencia de la sociedad civil. Es decir, una sociedad es más civilizada, más activa y más relevante, cuanto mayor es el grado de confianza que los unos tenemos en los otros (se entiende que porque cumplimos y somos dignos de ella). Y esto en términos socio-políticos equivaldría a convertirnos en un quinto poder colosal (pero, a diferencia del “pueblo” para los populismos, tendríamos voz, o mejor voces propias y no andaríamos aborregados detrás de un líder o de varios)
En aquella conversación sobre confianzas, como suele ocurrirme, hablé de más, me lancé a conjeturar deprisa, algo enormemente osado en un contexto de sabios científicos, basándome únicamente en la observación participante, o sea, en mi experiencia de observadora de la tribu.
Siempre que lo hago me siento después algo torpe y culpable, pero también siempre recaigo en el asunto porque, como el escorpión y la rana o la misma piedra, es mi naturaleza y mi tropiezo habitual. Pese a ello, como esto no es una tesis doctoral sino una reflexión de bicicleta, creo que puedo permitirme la licencia de seguir desarrollando el tema straight ahead. Y el tema para mí era que el déficit de confianza que señalaba la encuesta, a mon avis, aparecía sobrevalorado, porque el español, es así, no hace falta ser Confucio, suele hablar mal del otro si le preguntas pero, en la práctica, confía más de lo que dice o en otras palabras confía “en el fondo”. ¿Por qué? Mi teoría es que, como suele ocurrir, funcionamos con clichés, algo que ayuda al proceso cognitivo y evita tener que hacer un ejercicio de hipótesis y falsación popperiano cada vez que uno opina de algo. Y la cuestión es que nuestro cliché del otro es, en buena medida, caricaturesco y muy superficial. Ese es un signo de españolidad. Pero no el único.
La simplificación crítica es, en efecto, un rasgo que nos compaña en todo, en la imagen de la democracia y su ejercicio, en la opinión pública y publicada y en las sobremesas de las casas y los cafés con las amigas (bueno, pensándolo bien, en los cafés de las amigas es probable que se profundice más que en el otros foros pretendidamente más académicos…las tertulias de hombres son otra historia…)
Bueno que me voy. Que vuelvo. Entonces, cómo somos realmente los españoles. ¿Confiamos algo más que menos o viceversa? ¿Cómo es posible que nos guste rozarnos, amontonarnos, hablar y reír juntos y luego nos cobijemos en nuestra casa con cortinas cerradas a salvo de las miradas de los otros? ¿Cómo es eso de ser a la vez muy abiertos y muy cerrados?
Para comprenderlo, de todas las teorías de mi querido Víctor Pérez-Díaz, esas mismas que suelo aberrar cuando las analizo en modo olfativo, me quedo en esta ocasión con la que versa sobre el papel predominante de la familia en España o lo que es lo mismo, el familismo español como elemento sociológico clave para entender nuestro comportamiento social.
Me sirve porque explica por qué somos “desconfiados” o atribuimos escasa reputación al otro (el vecino, el fontanero, el taxista o el político) pero también por qué lavamos en casa todo trapo sucio que haya que limpiar y por qué acudimos en socorro de hijos o hermanos caiga quien caiga y sean estos culpables o inocentes de su situación. Ergo, por qué somos más exigentes con los de fuera que con los de dentro y somos exhibicionistas con lo ajeno pero pudorosos con lo propio.
En definitiva, la teoría de la bicicleta funcionaría así: la confianza es plena con la madre, pongamos por caso, pero se va diluyendo a medida que ampliamos el círculo ad infinitum. Porque cerca del núcleo sí confiamos, confiamos en la elección de médico por referencias próximas, en la peluquería de siempre, en la marca de casa “de toda la vida”, confiamos en los amigos de nuestros amigos y en las empresas de los amigos de nuestros amigos, en todos esos elementos que huelan a familiar. Y en sentido contrario, lo que se salga del círculo nos huele a chamusquina. Vete tú a saber esos en qué andarán metidos…
INCISO A PARTE: Por razones como las expuestas, el conocido capitalismo de amiguetes, por ejemplo, posee un fuerte anclaje social allí donde la familia funciona como en España y en sentido inverso, sólo la globalización podrá romperlo a través de estrategias abiertas como la venta on-line y la internacionalización de las empresas.
Porque la cercanía física es clave en nuestro país. Alguien a quien pondríamos a parir en un bar, se convierte pronto (pongamos tras unas cañas, un trayecto en tren o un Paquito el chocolatero) en un “colega” que es la excepción que confirma la regla de los fontaneros, los taxistas y los políticos. Y llegados a este punto, ¿cuál es la conclusión social? ¿Tenemos un problema como se apuntaba en la discusión sociológica o tenemos remedio?  ¿Es la nuestra una versión social incívica o por civilizar o, por el contrario, una versión mediterránea ordenada, sí, pero según unas reglas basadas en la cercanía afectiva?
Yo, probablemente, siguiendo a mi pituitaria, creo que es más esto último. En conclusión, creo que somos, podríamos decir, un país de gentes majas, criadas con amor por nuestras familias, confiadas en buena medida, pero proclives a la lealtad al círculo próximo que, a menudo nos protege. Por es eso nuestra movilidad geográfica es escasa y, en parte, por eso nuestra emancipación es tardía o indefinidamente pospuesta.
Somos majetes, de eso no hay duda. En eso quiero complacer a Rajoy hablando bien de España. Pero no nos vendría mal tampoco abrir un poquito el círculo y viajar socialmente a lugares y círculos distintos de los que a cada cual nos haya correspondido. Y eso va de viajar de abajo a arriba y de arriba abajo. Porque eso de viajar, es un consenso básico, abre la mente mucho, más incluso que la bicicleta. A mí me ha ido bien. Pero eso ya es otra historia.

jueves, 17 de marzo de 2016

Mi vida sin mi

No lo digo en el sentido que lo hacía Isabel Coixet en aquella peli. No es como imaginar o planear como será la vida que te rodea cuando ya no estés. Me refiero a cómo es, a menudo, la vida, tú vida cotidiana, sin un rastro claro de ti.Lo pensé este fin de semana. Cuando hacía los deberes de mates con mi hija, después las compras familiares, preparando una tortilla de patata, amasando plastilina para un trabajo del pequeño. En todo el día, mi única misión no ajena fue buscar un estanco abierto para comprar tabaco de liar. El resto de la semana, incluidas 50 horas de dedicación profesional, fue un encadenamiento de sucesos que ocurrían para dar sentido y orden a la vida de otros.
Hoy, una receta de El Comidista me llevó a otra que me llevó a la historia de Jack Monroe, una persona “trans no binaria”. Me llevó un tiempo entender la cuestión, puesto que Jack dice no ser ni mujer, ni hombre, ni querer ser a ciencia cierta una cosa o la otra y descubrir, de paso, que se puede tener no sólo una o varias, sino todas y ninguna identidad de género. La cosa es que pensé, ¡guau, esa sí es una conversación compleja con uno mismo….! Una conversación que, ciertamente, yo no podría tener, ya que en mi diálogo anterior hay más frases del tipo, ¿cuántas galletas maría pueden comer los niños a la semana? que una rutilante frase del estilo de, ¿quién soy yo realmente?

No creo que sea yo la primera en preguntarme quien-soy-yo-al–margen-de-mis-circunstancias. Es más, en esta suerte de crisis, sé que estoy con mi amigo “N” con quien solía comer coquinas con arena cuando éramos libres, con mi amiga “A” cansada de explicar a todos que hay más trajes que el traje vital que se enfunda la mayoría. Y en homenaje a todos los conflictos de andar por casa, comparto sentimiento y fotograma con la mujer que lloraba ante los helados del super en "Cosas que nunca te dije" (quien la vio se quedó con eso) porque "lo único" que quería era curarse el dolor con una tarrina grande de "Chocolate-chocolate-chip" y con ninguna otra cosa.

Así que siguiendo el silogismo inspirado en la historia de Monroe, supongo que me encuentro en un camino intermedio  es decir, “no-binario” en un sentido vital. Osea-se, en mi caso, no me identifico existencialmente ni con el cambio ni con la continuidad, no sé si voy o vengo o quiero seguir o cambiar algo, todo o nada. Vamos que me veo en una encrucijada, más o menos tolerable, entre la añoranza de la intensidad juvenil y la satisfacción por la moderación ganada después. Dicho sea de otro modo, que combino, según los días, un deseo de rebirthing sabor chocolate-chocolate-chip, con el afecto hacia la persona en la que me he convertido con los años.

Tal vez sólo necesite intercalar esta sucesión reciente de fotogramas protagonizados por otros, con un par de escenas protagonizadas por mí, en las que, por ejemplo, baile descalza en modo molinillo en alguna playa a la tarde o me regale unos fragmentos de una pieza lenta al piano de Keith Keniff, mientras me imagino, pongámos en Islandia, tumbada en aspa sobre la hierba y haciéndome una pregunta profunda como ¿Quién soy yo realmente?

martes, 2 de febrero de 2016

Listos imperfectos y perfectos idiotas


Puedo perdonar incontables defectos...como decía Oliverio, el poeta de la película de Subiela que buscaba a la mujer que supiera volar..."si no sabe volar está perdiendo el tiempo conmigo..." decía en su poema guionizado el poeta real Oliverio Girondo. A mí no me pasa con el tamaño de la nariz o las nalgas de las mujeres  ni con el amor. En mi caso, las líneas rojas que trazo a modo de mapa de lo que busco, es también el mapa de lo que voy descartando.
Como para mí lo más importante son las personas, me afano en escogerlas como compañía de entre la masa informe de gentes que es la humanidad.  Me pasa que siempre que reflexiono sobre lo que busco y aprecio en las personas, llego a un punto en que me inclino por el plano cognitivo. Simplificando mucho diría que me inclino más por los listos, y dentro de estos, más a los listos imperfectos que a los perfectos, entendidos estos como poseedores de una perfección cuadriculada que me suele resultar repelente. Queda deducido de lo anterior, pues, que mi antihéroe es un perfecto idiota, un idiota de manual, que diría Vargas Llosa.
Yo me refiero a un perfecto idiota en sentido amplio, siguiendo a Gardner y sus inteligencias múltiples, es decir un idiota que, aun disponiendo de alguna virtud académica, tiene por talento personal un triste erial.
Valoro pues la inteligencia. Pero la inteligencia clásica medida tipo test no basta. Ahí es donde entran en juego las imperfecciones, aristas y matices que actuarían de la misma forma que los surcos y relieves de una talla de madera convierten a un simple tronco en algo más.  Las debilidades, manías, miedos o inseguridades nos hacen humanos y a mi entender, dentro de un orden, interesantes. Algo así como no terminar de encajar en el molde.
Confieso además que soy irrecuperable a la decepción de un alma vacía. Padezco de horror vacui al alma mema, que se asemeja a la oquedad natural de un tronco con más aire que materia por el que se pasean joviales ardillas y ratones. 
A menudo, a excepción del frívolo o el patán cualquier tipo humano me parece entrañable. Me gustan los humanos distraídos, los inseguros o los outsiders (aunque tampoco es que sea conditio sine qua non estar desequilibrado para gustarme, de todo se cansa uno...). 
Pero es verdad que contemplando a fulanito el recién duchado, el pragmático y equilibrado fulanito que va enarbolando la verdad de las cosas, zas, zas, sin pena ni derrumbe, yo me digo...lagarto, lagarto...
Soy víctima de un prejuicio transversal, lo reconozco. Porque al aplicarlo no hago remilgos de ciencias o de letras, de izquierdas o las derechas, de edad, sexo, o cualquier otra variable sociológica.  Pero es que la levedad, como titulaba Kundera, me resulta insoportable. 
Y tras un largo circunloquio llegamos a la novedad. He descubierto (en modo conversación interior conmigo misma) que lo que busco es algo más, que me maravilla algo más de difícil explicación, lo que creo que llena el alma o la hace leve: la bondad o su ausencia. 
No he desarrollado aún la idea, sólo la dejo ahí, pendiente de una pensada larga, un poco de research sin obviedades y una puesta en común otro día…Sed buenos.

miércoles, 20 de enero de 2016

La nueva vieja era

Dicen algunos que ha empezado una nueva era. No sé si eso es cierto, empíricamente cierto o siquiera si es empíricamente posible validar dicho aserto o negarlo. Es como la  probatio diabólica que hace recaer la carga de la prueba en quien no puede demostrar nada. No puedo hacer, por tanto, una aproximación cercana a la VERDAD pero si una reflexión confusa, incierta y plenamente subjetiva de esa supuesta nueva era en la que lo nuevo engulle a lo viejo pero en la que las madres trabajadores llevan al escaño a su niño colgado de la teta como las mujeres recolectoras del neolítico en defensa del derecho fundamental a la crianza con apego.

Empezaré por el final. Estaba yo saliendo del Congreso y bajaba la carrera de San Jerónimo con una sensación de desasosiego, mezcla de esperpento y disgusto por una primera sesión constitutiva que parecía un circo de tres pistas y donde se olía más el tufo del rencor y la autosuficiencia que el verdadero aliento renacentista de un cambio de era. Más bien flotaba en el aire una suerte de escenificación de revancha en nombre de un pueblo del que, al parecer, no soy parte ni yo ni el 80% del país que no ha votado a Podemos.

Me parece necesario apuntar que a Podemos y todas sus Mareas les han votado algo más de 5 millones de personas de un total de 25,3 millones de votantes. Lo digo a los efectos de dimensionamiento de la sed de cambio de era (incluido un supuesto deseo de cambio de sistema) porque una cosa es admitir problemas graves en España, una evidente fragmentación del sistema de partidos y una estrategia de éxito de candidaturas conjuntas con Podemos y los partidos nacionalistas de izquierdas y otra muy distinta es aceptar sin más el peronismo que habla en nombre de un pueblo al que, en 8 de cada 10 casos, no representa.

El recurso a la política de masas, la cuidada puesta en escena que obligó a los Podemos a madrugar para reservar los asientos más centrales del hemiciclo para salir en la tele, bebé mediante, dando sensación de llenazo total, los puños en alto, las soflamas asamblearias, las caras de “me las pagarás”…estoy segura que excitaron las entrañas de un Monedero a mitad de camino entre Maki Navaja con su chalequillo y Lucky Luke con su pañuelo rojo al cuello. Lo digo básicamente en un plano más estético que ético aunque según Wittgenstein lo ético y lo estético sean, sencillamente, lo mismo.

Supongo que muchos, o algunos, pongamos un 20% de españoles o españoles salientes, se emocionaron hasta la lágrima con los podemitas saliendo del Congreso al mismo tiempo que yo bajaba la calle con la sensación de vértigo y desazón ante un intento de asalto de retórica bolchevique disfrazado de amor universal y justicia social. De hecho, conozco bien a algunas personas cercanas a mí que tal vez lloraron también auténticamente de emoción. Y el caso es que lograr seducir a un 20% de españoles anteriormente desperdigados y desmotivados no es poca cosa sino, por el contrario, una gesta de la que sus creadores pueden estar abiertamente orgullosos.

Yo, la verdad, no me emocioné. Hace tiempo que el marxismo no me llena ni me sirve para explicarlo todo. Que le voy a hacer, las teorías conspiratorias globales no son lo mío. Al contrario, me sentí en ese gran batallón del 80% de normales decadentes que no hemos pillado la alegría que supone la nueva era (que es algo así como la traducción marxiana de Iglesias de la "dictadura del proletariado" en la "Teoría de la Tuerka", ya ahondaré en ello en otro post). El 80%, en resumen, que entiende que "lo nuevo" no es levantar el puño y estar enfadado estructuralmente con el mundo, ni ajustar cuentas a bulto con todos los resistentes al cambio de era. De hecho, todo lo anterior es bastante viejo, viejo de tanto usarlo. Está, eso sí, muy inteligentemente vendido en una sociedad de gentes dolidas y desangeladas que han comprado este producto centenario en su envase premium.

Parece algo evidente que en una batalla de lo nuevo contra lo viejo importe poco a los nuevos lo que sientan los viejos. A fin de cuentas, lo nuevo es bueno per se, fresco y perfumado de células vivas y lo viejo pues eso, es viejo, rancio, decrépito. Como casi está muerto…pues en fin…es más bien como preocuparse por el ánimo de un zombi, de un muerto viviente.

Pero no es así como muchos mayores se sienten. Recuerdo una Feria del Libro en Madrid hace un par de años en la que compré un libro a Joaquín Leguina y comentamos un rato el panorama político que a mí me parecía entonces de lo más interesante. Podemos acababa de obtener 6 diputados en las Europeas. Y de repente él me dijo: ¿Sabes lo que pasa? Que yo soy ya mayor y no me hace ninguna gracia que se carguen mi país. Es decir, lo que entonces para mí era interesante para él, un hombre de izquierdas, culto y moderado, era ya percibido como una amenaza.

Es evidente que poco importa que la sonrisa y el miedo cambien de bando cuando uno pertenece al bando que suelta el miedo y abraza la sonrisa. Pero ojo con jugar a suma cero como si el miedo sólo pudiera repartirse y no superarse. Jugar a que si yo me río es porque tú estás jodido es una mala fórmula para construir comunidad, sociedad, pueblo o país. Salvo que la verdadera intención sea la ruptura redentora.

Soy consciente de que ese nuevo reparto de miedos hace a algunos sentirse poderosos y eso, sin duda, te levanta un palmo del suelo pero conviene no olvidar a todas esas personas anónimas que no buscamos la estabilidad del Ibex sino la estabilidad de llegar a casa junto a nuestros padres-cuidadores-de-hijos-que-no-llevamos-a-nuestros-trabajos y encontrarlos con las carnes abiertas ante tanto puño cerrado y tanta vena aorta reventona.

Creo que estamos jugando a un juego de la confusión que no pienso dejar pasar de largo. Niego la mayor. Aquí no hay nada nuevo. Y si la nueva era es el cordón sanitario al PP y sus más de 7 millones de votantes o a los 3,5 millones de ciudadanos que suponen la  ”nueva derecha” de Ciudadanos  y si sus enseñas son el puño en alto, la revolución obrera y el nada nuevo rencor de asusta monjas, me pido un poco de eso supuestamente trasnochado que es la moderación, el debate y el acuerdo. A sabiendas de que para estos nuevos esas palabras no sean más que el frame de resistencia de la clase dominante desde la superestructura.

Será, qué duda cabe, que me estoy haciendo mayor porque anhelo un país donde se dejan ya de tocar las pelotas con los bandos y las clases dominantes y se aprende a ser activista sin ser grosero (será esto una antinomia) y político sin ser sectario (es que estoy pidiendo lo imposible...) y donde se abstengan de plantear alegatos en mi nombre sin mi consentimiento (a ver si va a resultar que me estoy volviendo contrarrevolucionaria…)




viernes, 25 de septiembre de 2015

¡Eres español y lo sabes!

A vueltas con la identidad individual y colectiva,  a una servidora se le van los pies con esta danza del absurdo que estamos bailando en los últimos tiempos.  En verdad es inevitable ponerse las alpargatas de bailar sardana pues no hay un minuto del día, de cada día, en los últimos meses, en que Cataluña no sea tema de conversación, tertulia, columna o viñeta. -Osti tú- que diría Eugenio (he pasado media infancia escuchando a Eugenio en la radio del coche de mi padre) es que la ocasión lo merece…

Hoy recuerdo con cariño otros tiempos en que nadie hacia mucho caso al tema de Cataluña. Una vez, siendo yo profesora asociada de ciencias políticas (iba a poner mileurista pero entonces el sueldo no me daba ni para la mitad de eso) mi amiga Anita hizo una fiesta de disfraces en su piso compartido de la calle Marqués de Zafra. Se gestaba por aquellos tiempos la segunda versión del Estatuto Catalán y yo solía comentar la cuestión territorial con los alumnos. En esa fiesta le propuse a mi novio ir los dos con disfraces conjuntados, tú de Constitución y yo de Estatut. Mi entonces novio y actual marido, me miró con toda su “mancheguidad” y me dijo, ¿eso qué es, humor político? Pues sí, era mi forma carnavalesca de tomarme a chufla las cosas de la secesión y los estados confederados precisamente porque sí les doy importancia.
El caso es que yo sí me confeccioné un atuendo estatutario con una faldita de tablas hecha con folios pegados a una cinta adhesiva, un body negro, peluca rubia “a lo Belén Esteban” y barretina. Lo hice en parte por provocar, que es lo que se hace en Carnaval pero también, lo digo de corazón, para que la gente fuera consciente de que salvo cuatro freaks de Somosaguas o Ciudad Universitaria, nadie se había leído las pocas hojas del Estatut del que todos hablaban.

Me ha dado tiempo a tener dos hijos y cambiar 3 veces de trabajo pero el debate no ha evolucionado mucho, salvo para llevar más lejos las mismas neurosis tardo adolescentes mal digeridas de siempre. O parafraseando al gran sociólogo Pérez-Díaz en una reciente reflexión sobre los últimos siglos de España: “Ahora estamos aquí, entretenidos con las ansiedades del momento, y casi carentes de narrativas históricas, en un estado de cierta penuria cultural disimulada.(…) quizás sea cosa de comenzar a rememorar las cosas poco a poco, mientras nos aplicamos a la tarea de poner en orden el desorden inmediato.”

Faltos de relato histórico, huérfanos, diría yo, de relato histórico y casi de relato, los españoles vamos errantes por mor de la penuria cultural y últimamente de la penuria a secas. Así las cosas, resulta que Trueba no se ha “sentido” español ni cinco minutos en su vida y hace unos meses Yunqueras proclama en Salvados que España era para él como una suegra antipática que uno está deseando perder de vista.
En realidad, ¿qué es la identidad sino una serie de rasgos culturales, sociales y políticos compartidos en modo variable por cada cual? Hoy lo contaba un intelectual entrevistado por el  El Pais (no he sido capaz de encontrar el recorte): la identidad es algo individual. Hacer de lo individual algo colectivo, como siempre que se habla en nombre del pueblo, es un terreno abonado para el populismo, el nacionalismo y supongo que todos los ismos.

En realidad nadie debe meterse en las razones del corazón que acompañan el simbolismo íntimo con el que cada cual se siente más conforme, banderas, posters del ché o Los Secretos o estampitas de la virgen de tu pueblo.  Pero una cosa es la identidad y otra la nacionalidad. Uno es o no es español, sienta lo que sienta y lo adorne como lo adorne. Como diría la Mari Manene del pueblo de mi suegra, -pero hermoooosos…-, ¿no desayunáis de vez en cuando café con churros? Ea pues eres español, porque eso fuera es imposible ¿O es que acaso comes pepino crudo y yogur como en Turquía? A lo mejor eres turco y no lo sabes…

Eres español, pretendido amigo apátrida, quizás incluso contra tu voluntad, si haces un arroz con amigos y os tiráis tres horas de sobremesa o si pasas por la calle donde vive un colega y simplemente le dais un toque para que baje a tomar una caña. En caso contrario, tal vez seas alemán y le pidas una cita con dos semanas de antelación y te deje de hablar si llegas a tarde o lo cambias de día.

Sincérate contigo mismo, si en tu pueblo hay 5 veces más bares que farmacias, aprendiste a leer con Ibáñez y  te sabes el “Asturias patria querida” de memoria aunque no seas asturiano ni por el forro, seguramente eres un español involuntario. Probablemente, tu negación histórica, tiene que ver con el hecho de que no hayas pasado suficientes tardes comiendo pipas en un parque y hablando de la vida y eso explique que no te sientas identificado con la generación nocilla y el donuts de azúcar recién comprado. Tal vez, tú eras más de pepito de crema…

En definitiva, te has criado en España amigo. Te sorprende que en otros países no tengan cortinas ni persianas, hablas español a la perfección y además con un acento característico según donde hayas nacido pero no con un acento extranjero. Confiesa, en tu casa había un hermano que quería la tortilla con cebolla y otro sin ella y aún no lo has superado.

En la práctica, no puedes escapar del contexto...Lo de menos es que España sea lo que pone en tu pasaporte español, que te guste el himno o no o que te pintes la cara en los partidos o que no lo hagas. El caso es que no eres francés, ni chino, ni belga. No eres alemán, ni ruso. Puedes, incluso ser un freak de lo más extravagante y que en realidad lo que te emocione sea escuchar la estrofa del “Legal Alien” de Sting y pensar, -así, así me siento yo en España…like a legal alien in Spain- (pero no pronunciado con ese líquida, sino en E,  de ES-PAIN).  Eso me lo creo. No me choca nada. 

Es más, si te quejas de España, si maldices de España, si hablas pestes de España, es un indicio claro de españolidad. Si parodias España o Cataluña es signo claro de que te importa “a la española” porque los españoles tenemos que reírnos de lo que nos importa porque no sabemos, en tales circunstancias, ser nórdicos ni cartesianos o quizás es porque que expulsamos a los judíos hace siglos y perdimos con ello la oportunidad de un mayor mestizaje y rigor moral.

En realidad, sinceramente, me trae al pairo como haga cada cual con su mismidad. Lo que me parece inconcebible es carecer del más mínimo sentimiento de comunidad. Que no te importe lo que pasa en este país en el que te criaste, que te sea indiferente su devenir pero encuentres causas siempre lejanas que apoyar. Me parece marciano que se carezca del sentimiento solidaridad que sustenta, por ejemplo, el pacto entre generaciones que está en la base de nuestro sistema de pensiones o el pago de impuestos y su finción redistributiva. Ese yo me lo guiso y yo me lo como.

¿De verdad se puede ser totalmente ajeno a la historia, los valores y los recuerdos de tus padres, de tus abuelos y de cualquier antepasado tuyo? ¿Es posible vivir enajenado de tu propia infancia y de tu entorno sin algún tipo menor de afinidad o pertenencia?


En definitiva, no hace falta más que un mínimo tipo de sentimiento de comunidad social o política con los que te rodean. No matarás por ello (ni falta que hace), no harás campaña a favor, nunca comprarás banderitas ni las ondearás. Basta y sobra con un mínimo civilizador, la adhesión incondicional es voluntaria. Pero si te falta ese mínimo, entonces, eres un apátrida nihilista patológico cuya identidad no debería importarle un mierda a nadie. Y lo peor de todo (para ti) aunque tu ideal de vida esté siempre en otra parte y en ninguna, aunque quieras cambiar tu pasaporte español por uno del pato Donald e ir de ciudadano del mundo intergaláctico, te pongas como te pongas, eres español… y encima lo sabes.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

La belleza


Estoy ahogada de queja, de laberinto.
Me falta el aire, me paralizo, me petrifico.
Me duelo en seco, sin lágrimas.

Como una estatua de sal bíblica,
visiones ajenas de desmoronamiento
son mi paisaje.

Ecos de plañidera
mortifican a un país
que no se quiere a sí mismo.
Y mientras muevo los párpados
-la única parte del cuerpo que aún lo logra-
contemplo a la sirena que yace sin mar,
las garzas sin cielo
políticos con corbatas
y maestros salvadores
que son sólo plastas con jersey de bolas.

La música son tambores
y percusores propios del combate.
El xilofón no vibra ya
de tanta tirita
de tanta herida.

¿Dónde fuiste a parar belleza?
¿Cómo sonabas? ¿Qué luz bañaba tu cuerpo?
¿Qué alas llevabas puestas, que no las recuerdo?

Estás desenfocada, huera, deprimida,
herida de campo árido,
de alma seca,
de parloteo vacuo
de papagayo.
Zaherida de buitres, ladinos,
sin valores.
Maltratada por monstruos mezquinos
sin mirada.
Y rencorosos ávidos de saldar las cuentas de los muertos
con los vivos.

Belleza
¿Qué han hecho contigo estos vándalos?
Estés donde estés, aunque sea a rastras.
Despierta ya y lluévenos encima,

hasta el tuétano.