martes, 3 de noviembre de 2009

Mi madre

Mi madre ha sido, sin parangón, la mujer más maravillosa que he conocido en mi vida. Y lo digo ahora, con esa distancia que ha nacido de la búsqueda de las grandes respuestas. De pequeña, mi madre hacía tartas con forma de tren, de casita, de puercoespín y a mí, todo eso, me parecía normal. Aunque también me preguntaba por qué siempre me daba embutidos cocidos en lugar de chorizo de Pamplona. Pero no recuerdo que al mirarla sintiera lo que siento hoy por ella. Sí sé, que el día que vino a buscarnos al cole con la mano vendada sentí miedo y desconcierto ante el hecho de que las mamás pudieran sufrir accidentes domésticos o estar enfermas.
Poco a poco descubrí que mi madre leía mucho, libros gordos, un concepto deslumbrante a los ojos de una niña. Fue, tiempo después, que aprecié sus maravillas. Porque Teresa, mi madre, tiene la habilidad cósmica de proyectarse. Así, tenemos a Teresa y sus maravillosas plantas, lustrosas como magnolios brillando al sol. Teresa y su pintura, prolífica y colorista. Teresa y sus menús deliciosos, pimientos asados hasta parecer golosinas, verduras casi fundidas entre sí como amándose. Teresa y su gestión de la economía. Teresa y sus pequeños detalles de coliflores con piruletas y pajaritos con lunares.
Primorosa con las formas, mi madre ha sido, sobre todo una gran mujer de contenidos. Ha sido una mujer muy sabía. Pero más allá de su habilidad para atar los cabos sueltos del análisis, siempre fue soñadora, soñadora despierta, para ser más precisos. Y gracias a esa cualidad creativa y generosa, todos hemos tenido maravillosos trabajos bien pagados y bien valorados en los que éramos felices, teníamos éxito y conciliábamos a las mil maravillas con nuestras preciosas familias. Todos hemos tenido las más satisfactorias vidas en sus sueños porque, en el fondo, era eso lo que ella quería para nosotros y también lo que ha querido para sí misma.
Mi madre ha gestionado después la realidad, a menudo menos completa y plena que en los sueños, y lo ha hecho excepcionalmente bien, fuerte ante el dolor, paciente ante la desesperación, templada ante el fracaso, como una virtuosa clásica.
No ha habido ni una sola vez en que mi madre haya flaqueado en vivir cada instante, jugando como los niños, entregando su tiempo, iluminando los rincones oscuros. Y es que mi madre tiene una luminosidad esférica, una suerte de amanecer perpetuo que, como a borbotones salidos de la boca, encienden el espacio que habitamos.
Consejera experta, es conocedora de mil secretos en confesión, dueña de esas verdades como puños que las conversaciones amasan, a partes desiguales de empirismo y deseo.
Mi madre ha surcado los mares del índico, atravesado mil veces los fiordos noruegos, ha poseído mil propiedades de ensueño porque nunca ha dejado que la realidad le estropeara una buena ficción.

3 comentarios:

  1. Suscribo totalmente lo alagos a la que es mi suegra (aunque no me gustó nunca esta palabra que parece de por sí peyorativa). Gran mujer que piensa en todos antes que en ella misma. Sorprendente su capacidad para multiplicarse y sacarle al día el máximo jugo y admirable hasta el infinito la fuerza para luchar con la vida que le ha tocado vivir. Cual barco vikingo luchando frente a las aguas bravas del mar del norte, así Tere lucha su día a día siempre esperanzada en que de alguna forma algún día todo cambie y pueda ver el sol entre esas nubes negras.
    Mientras tanto sabe disfrutar, si la dejan, con sus muchísimas aficiones, con sus nietos que ya la adoran y con su familia y amigos por ser un referente en la vida de todos.
    Ejemplo a seguir por todos, cosa que no de todo el mundo se puede decir....

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  2. Sí que es verdad que la Tere es maravillosa, yo compartí unos ratitos de mi adolescencia con ella, hasta un acogedor fin de año, allá por 1990. Siempre con una sonrisa y pendiente de todos los detalles. Por aquel entonces vivíamos en una ciudad maravillosa donde siempre lucía el sol y atravesada por una rambla...

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  3. Creo que los años de sol y rambla nos atravesaron enteros. Ese sol nos caló los huesos y fue un bonito paraiso transitorio pero definitivo. Que suerte de sol en el alma, que suerta de Tere en la vida...

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