viernes, 28 de septiembre de 2012

Entre los extremos anda el juego

Hace tres días, en nombre de la libertad y de la democracia se cercó el Congreso de los Diputados. Mi madre, por la mañana me llamó alarmada desde Canarias imaginando algún tipo de estado de sitio inminente y yo le espeté campante: "Mamá, por Dios, como van a tomar el Congreso, anda, anda, quédate tranquila".
Pronto naufragando horas después en Facebook comprobé que tampoco era cuestión de tomárselo a chifla. Lejos de hacer tal cosa, me fui calentando a medida que veía los comentarios de unos y otros.
Unos: los "defensores de la libertad y la democracia" (real eso sí, no la que tenemos que es de mentira) indignados con que la policía procediera a impedir que se tomara el Congreso y se obligara a las Cortes, "inviolables" según la constitución, a disolverse por la fuerza para iniciar un nuevo proceso constituyente por sus santos cojones cargados de "pacifismo".
Otros: ciudadanos no amalgamados contando o linkeando la percepción de los directamente afectados (diputados, periodistas y empleados varios) entre perplejos y acojonados, sin saber muy bien como posicionarse.
La gente, en especial cuando se masifica, olvidan con demasiada facilidad que las protestas conllevan siempre un cierto grado de violencia y tensión. No, no abogo por la pasividad del estoico, pero sí por un mínimo civismo que no veo en este tipo de concentraciones y sus defensores. "Roban, pegan y "nos representan" era uno de los carteles, otros mostraban una foto comparativa donde se lee "estos son unos chorizos" y se muestra a continuación un secadero de chorizos y "estos otros son unos hijos de puta" mostrando la foto de una asamblea legislativa.
¿Es esto pacifista? ¿Es esto lo que haría un demócrata que busca la regeneración del sistema?
Pues no me lo parece, yo al menos reservo esos término para los calentones histéricos y no le digo "hijo de puta" a nadie, punto.Ya comenté en el último post que ese fue el calificativo que recibí la semana pasada por ir en bicicleta...
Es que no es que sea también violento en este caso, es que es además injusto y enfermizo porque mete en un mismo saco a una colectividad entera y denigra de forma brutal a todo el sistema. Ya da igual que haya políticos decentes que hayan dedicado su vida a hablar con unos y otros para conocer los problemas de sus pueblos, barrios o provincias, da lo mismo que recorran España en sus coches de acto en acto explicando las políticas del gobierno de turno o criticándolas para informar a la opinión pública. Da igual que se hayan significado políticamente para que los demás podamos estar al pairo de temas que no nos interesan. Son TODOS la misma mierda, que diría aquel emérito dirigente que fue Felipe Glez equiparando a Aznar y a Julio Anguita...
Pero estos calentones extremos no son sólo patrimonio del 15M, el 25S o los antisistema de turno. Como afirma Iñaki Ezkerra en su columna del mundo hoy "que medite  también esa extrema derecha, que no es el PP, sobre la responsabilidad que tiene en la descalificación populista de la clase política y en los polvos demagógicos que traen estos lodos. Porque hay en este país gente de la gomina que es más antisistema que muchos punkies. Hay gente que va de orden por la vida pero que se hace un engrudo con la brillantina y la caspa que es una metáfora de su ideología totalitaria, grosera y melancólica".
En definitiva, hay algo de irracional y autosuficiente en los extremos, algo de pasar olímpicamente de hilar fino, de argumentar, de aportar alternativas razonables y creíbles.
Para quien está dispuesto a la ruptura radical del modelo de convivencia basta la implantación de aquello que ya fue, el neomarxismo asambleario o el régimen militar. Cuando uno está caliente y es un extremista, y sin importar que uno se ubique a derecha o a izquierda, le da por querer tirarlo todo abajo de forma iletrada y enferma. Para que buscar soluciones pudiendo quedarme en la frase pegadiza.
Y entonces es cuando a mí, que soy consciente de los pocos años de democracia, imperfecto, decadente, inmadura, lo que se quiera, de los que podemos presumir los españoles, se me inflaman las glándulas mamarias y la sensibilidad me supura y me planto sin paños calientes.
Si no somos capaces de distinguir entre lo que funciona y lo que no, vamos de cráneo. Y para distinguir hay que poner el buen juicio a maquinar. Debates en profundidad sí, sobre todo lo que requiere ser cambiado. Rebeliones populistas y violentas no. Proclamas de patio de facultad o de tertuliano desatado, no, vengan de donde vengan. No.  No en mi nombre.

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