jueves, 20 de septiembre de 2012

La mala leche

A vueltas con la crisis y con los efectos individuales y colectivos de la misma, iba yo con mi bicicleta tan feliz por el bulevar de la Castellana cuando un señor mayor me espeto "Hija de la gran puta" por pasar a su lado por la acera.
Le escuché con sosiego y sin sentirme violenta, en parte porque aún me estaba despertando y en parte porque asumí de forma inmediata que el problema lo tenía él y no yo. Una servidora sólo es una bici-andante sin carril bici que echarme a las piernas y él, con toda seguridad un señor jubilado extremadamente frustrado y ungido de ira cuyo médico le recomienda andar en contra de su voluntad.
Luego empecé a reflexionar sobre lo habitual que es encontrar personajes de este tipo que se calientan sobre manera por cualquier cosa.
La crisis no ha hecho sino multiplicar esa deriva en España porque somos un pueblo más bien espontáneo con un nivel limitado de auto control. La jovial naturalidad que nos caracteriza puede ser una virtud y así lo demostramos sin reparos en las fiestas populares, los deportes o el diseño. Pero cuando uno se topa con problemas de distinta índole y tiene por costumbre dejarse expresar sin cortapisas es muy fácil caer en la simple y llana mala leche.
Me acordé entonces de mi sociólogo de cabecera cuando, a la sazón de su último libro "La crisis de las autonomías: La sociedad española ante la crisis económica y el sistema de las autonomías", comentaba que la sociedad española se había hecho una idea bastante clara de las causas de la crisis, que atribuía responsabilidades de forma ordenada y que estaba razonablemente alerta ante el devenir de los acontecimientos. Confiaba este hombre sabio que sabríamos buscar un punto intermedio entre la depresión de los portugueses y la histeria de los griegos en la gestión de los más críticos asuntos.
Yo no las tengo todas conmigo. Menos aún en un contexto en el que la mayor parte de los opinadores muestran con vehemencia su desesperanza, su nada templada búsqueda de culpables y su mínima capacidad de una crítica constructiva sin tintes populistas.
Por ejemplo, yo quiero un carril bici en Madrid o por lo menos una ampliación del minúsculo existente. Pero no por ello soy violenta ni llamo "hijos de la gran puta" a los paseantes que atocinados se desplazan por él teniendo todo el resto de la acera para ellos.
España está hecha unos zorros, eso lo sabemos todos, pero que de esta no se sale ni deprimidos, ni histéricos ni a mala leche.
Como estos libros de auto ayuda que nos alertan de las personas tóxicas voy a dejar de escuchar emisoras de radio o programas de televisión en los que personas malhumoradas digan lo que hay que hacer, de leer blogs en los que malhumorados auto suficientes repartan coces a diestro y siniestro. y por supuesto, voy a ignorar a tuti plen a los señores de la tercera edad que insulten a la gente a las nueve de la mañana sin mediar agresión alguna y todos aquellos que pretendan hacer de la mala leche virtud sociológica.

3 comentarios:

  1. qué acertadas palabras!! y no te puedes imaginar, la mala leche se dispara en las zonas de alta concentración de seres humanos, como es el metro. el otro día una pava con la que choqué porque íbamos las dos con bastantes prisas por alcanzar la escalera mecánica me puso la zancadilla en plena escalera!! y luego, ayer, atravesando un paso de cebra, un señor de unos 65 en un mercedes 4x4 me pitó y gritó x la ventanilla para que me diera aire en cruzar. Demasiada hostilidad.

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  2. Te acompaño en la huelga contra la amargura. Sonreír cuesta lo mismo que gruñir y yo ya he elegido.

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  3. Además es que ahora algunos aprovechan que están los ánimos calentitos para legitimizar lo que siempre ha sido animadversión hacia el prójimo

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