jueves, 30 de junio de 2011

La maravillosa historia de blackcrow y un pastor afgano

Las personas son, como todos saben, pájaros o perros. Hay algunas tortugas pero son raras de encontrar, casi seres mitológicos. Esta es la historia de una pájara que no lo quiso ser de cuentas anuales y que, si era un poco perra, lo era por naturaleza y un esbelto pastor afgano con un talento peculiar, fotografiaba a ojo de pájaro pero ladraba sólo y exclusivamente cuando resultaba inexcusable.
Blackcrow era, como su nombre índica, una pájara negra de inteligencia mordaz, algo siniestra, ya casi rehabilitada del lado oscuro y a punto de caer desde el gótico-vegano a los márgenes del centro derecha. El pastor afgano, por su parte, un ser elegantemente atemporal, pertenecía a un lugar indeterminado entre el campo grande y la ciudad pequeña, el cielo limpio y el suelo llano, el silencio y el susurro.
Como siempre hay gente para todo, muchos perros y pájaros de nuestra pradera se mantuvieron ajenos a sus encantos. No yo. Al contrario, las fui descubriendo a pocos, a sorbos de té verde, caña a caña, sin excesos, pausadamente, a lo largo de un año. Disfruté diariamente de sus enfoques, de sus risas y sus voces. Nos confesamos siempre y finalmente decidimos no comulgar. Puede que llegásemos a llorar un par de veces. Juntas.
Hoy han salido a correr, a volar y no han regresado a nuestra pradera asfáltica. Qué queréis, son outsiders, las ranas de la fábula. Corriendo van, volando, sin aguijones. No volverán. Ni yo. Esperadnos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario