viernes, 18 de marzo de 2011

Un hombre enamorado


Ahora trabajo en la sede de un cliente, la oficina está camino del extrarradio y ello, además de tediosas comprobaciones de datos me ha proporcionado innumerables viajes en metro. ¿masificación? ¿olor a humanidad? no, eso para mí son historias que contar.
Ayer, por ejemplo, coincidí en el vagón con un hombre enamorado. Recuerdo su rostro a la perfección, unos treinta años, gafas de bibliotecario, metro setenta, noventa kilos. Viajaba junto a la mujer de su vida. Morena ella, de pelo ensortijado y él se apoyaba en su espalda entre la masa humana de la hora punta con tal desazón que por el resplandor pareciera que un foco de cine iluminara la escena.
Suspiraba, podríamos decir, desde lo más profundo del alma. Pero lo hacía de forma silenciosa, sin ruido, trasmutaba, casi levitando. Besaba de nuevo los tirabuzones de su amada, con los ojos cerrados, ajeno a todo, rezumando amor.
Todos le mirábamos como asistiendo a un espectáculo cuyo código es conocido. Me reconocí en su rostro en el entendimiento que yo estaba viendo lo que uno siente y ve el otro cuando uno comparte dicho estado molecular que sólo el amor y los psicotrópicos propician. Los labios entreabiertos, la mirada perdida como besando al aire, el aire que era su boca, el aire que era su piel, el aire que era morir de éxtasis, un relámpago, un calambre girando en el centro de la médula.
Quienes hemos amado así pudimos reconocerlo aunque el tiempo haya moldeado semejante estado de enajenación que hoy resulta exótico y volátil.
Seguramente habían pasado la noche juntos porque era temprano, amándose como en tinieblas, fuera del mundo. Apuesto a que ese amor acababa de nacer, que él la amaba ya, sin embargo, desde niños y que hasta ahora ella le había querido como un amigo. Él no da crédito y a ella le enternece irresistiblemente que alguien la ame de ese modo. Un amor así resulta irrenunciable, así que ella se dejaba querer y con esa sola disposición alimentaba el alma del hombre enamorado que sobrevolaba astralmente Madrid a la altura de la plaza de ventas.

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