miércoles, 2 de diciembre de 2009

La impertinencia de lo obvio

“La sabiduría no valía la pena si uno no podía servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos”
Eso decía el penúltimo Aureliano Buendía de Macondo. Lo suscribo plenamente. La sabiduría, sí, nos salva del estancamiento de los lugares comunes y multiplica nuestras posibilidades de aprender en unas lecciones lo que dicha sabiduría permitió a otros aprender en toda una vida.
Pero la sabiduría también debe ser la herramienta de lo cotidiano, esa suerte de olfato fino que igual se transforma en matemática al servicio de una salsa que en bellas artes al servicio de un salón de té hermoso y estéticamente equilibrado.
Sobre todo, la sabiduría, que por otro lado tan poco abunda, nos libra de la impertinencia de lo obvio. Esto es, de las frases huecas de los puros patanes o de los sinceros torpes. Ocurre así, por ejemplo, cuando uno verbaliza algo que, por evidente debe callarse para no parecer un cateto a babor o peor cuando uno sabe que “eso tan evidente” debe pasarse por alto para no ahondar en el “evidente complejo” del que también sabe y calla.
“Estás más gordo”, “ya te asoma el cartón” “¿y… los niños para cuando?”.
El vicio por la frase hueca es o bien de simples no pensantes o bien, si va aliñada de malicia, de puros patanes, de esos sinceros gratuitos tan alejados de las virtudes clásicas como de sus versiones domésticas. Ni sabiduría pues, ni sensatez, ni templanza ni tampoco su hermana pequeña, la moderación.
Cuando no se tiene ni sabiduría, ni disciplina, ni moderación, se requiere, cuanto menos, un poco de amor al prójimo, en honor al amor a uno mismo, si queremos incluir también al egoísta crónico. Un poco de amor mínimamente cortés que nos tape la boca cuando se nos antoja decir, sin confianza alguna “estás echando barriga”, o peor “¿estás embarazada?” o “¿no eres un poco mayor para eso?”.
Sabiduría, please, contra la zafiedad y amor al prójimo contra su uso meramente mecánico y eremita.

1 comentario:

  1. Ojalá hubiese una pizca de amor en aquellas disparatadas bocas que dicen insensateces como las frases que entrecomillas.Ojalá...

    Gracias Amelia.

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