domingo, 9 de octubre de 2011

Mi vida sin un iphone

En los últimos meses me rondó varias veces por la cabeza la idea de escribir un post titulado “mi vida sin iphone” como aquella peli genial de Isabel Coixet (“Mi vida sin mí”). La idea era poner en común todo lo que una imagina que ocurre en el mundo cuando una imagina no está o no participa en los acontecimientos pero, en realidad, sí quiere estar y participar en dichos acontecimientos, algo así como estar sin estar.
No tenía iphone. Siquiera un móvil arañado con una pésima cámara digital de tres docenas de pixels. El que menos, por entonces, tenía una Blackberry, ya hasta los niños en los patios de recreo se mandaban whats-ups a dos dedos. Pero yo sólo seguía fiel a mis libros y mi cuaderno y allí seguía contando mi historia y las continuas fabulaciones de mis personajes del 14. Nunca me importó, no me suponía un estigma, pese a todo aunque este hecho coincidía en el tiempo con otros eventos que ya dejaban entrever el paso del tiempo por mis huesos: no conocía ninguna canción de David Guetta porque...no tenía ni idea de quien era David Guetta.
Mi vida sin iphone era una vida digna y colmada de terapéuticas aceptaciones (o sea sólo limitadamente frustrante) Pero si quiero recordar que hubo un tiempo no muy lejano en que a pesar de haber acumulado una década de conocimiento técnico y experiencias laborales con altos cargos y otras gentes de alcurnia, trabajaba en una gran multinacional en la que no tenía mesa, ni silla, ni teléfono fijo (me faltaba un escalafón para ser merecedora de tales usos), ni mucho menos Blackberry (aún me faltaban dos categorías para acceder a esa prerrogativa y una cartera probada de 300.000 euros en ventas). Ahora puedo decir otra cosa, blablabla....que no me importaba, etc. pero lo cierto es que el hecho de pertenecer a las categorías con cero provilegios me hacía identificarme con el cutrerío máximo del “Cartero” de Bukowsky, versión oficinista estancada.
Es triste, creedme, imaginaros una vida laboral sin espacio físico, con tu portatil bajo el brazo lo mismo que si, como un auténtico "nerd" fueras buscando sitio libre en el comedor de un instituto americano con tu bandeja de "nuggets" en las manos.
El curso de la vida hizo que el iphone llegara poco después, de forma inesperada, casi milagrosa, junto a una silla, una mesa y un teléfono fijo, tras un verano ventoso que se llevó de sopetón cientos de miles de hojas del calendario y la desesperación laboral, al fín.
Hoy se ha ido Steve Jobs, el indómito creador del iphone que nos conminaba a mantener la locura y el hambre de conocimiento (Stay hungry, stay foolish!), que hablaba de conectar los puntos, esa manía imparable de los curiosos de atar los cabos aparentemente sueltos de los asuntos, de comprender, que es para mí, en buena parte, ni más ni menos, que el sentido de la vida. Siempre recordaré su discurso a la promoción de Standford como uno de los grandes discursos de los últimos tiempos. No aún lo habeis visto no os lo perdáis, es grandioso.

http://youtu.be/uXKku2KYZf0

2 comentarios:

  1. Hola Amelia, hacia tiempo que no me dejaba caer por acá. Nada, tan solo quería hacerte saber que no se te olvida.
    Otra cosa, yo tampoco sabía quien era David Ghetta hasta ahora, que me lo ha dicho el oráculo del siglo XXI (Google) y resulta también anecdótico que conociera a Steve Jobs el día de su muerte, y eso que no dejaste de recomendarme aquel discurso de Stanford. Ignoraba que fuera el dueño o inventor de la manzana más famosa del mundo.
    Un besazo .

    Canet.

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  2. Genial Susana no conocía esta faceeta tuya de escritora, que forma tal clara de comunicar tus vivencias.
    Enhorabuena,
    Lola esta vez desde su casa en San Agustín de Guadalix.
    Besos,

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