lunes, 11 de octubre de 2010

Activismo retórico

Por razones que no vienen al caso, estuve ayer leyendo un discurso político. Mi intención era, como tantas ocasiones, analítica y el ánimo, el propio de esta nueva etapa de mi vida, libre y distante. La conclusión final de lectura: un tostón. Su estructura correcta, articulaba un par de ideas fuerza, una vinculada a la esperanza y otra a la convergencia. Nada nuevo, palabras envasadas al vacio (como una mermelada) de asesoría parlamentaria. Creedme, lo conozco bien. Nada de riesgo, pura corrección y la emoción del cauto, del funcionario…
La mayoría de los políticos de hoy no emocionan so pretexto de huir de la fatua retórica o algo peor, del infame populismo propio de repúblicas bananeras. Sin embargo, la emoción deviene casi una obligación moral cuando uno vive en un país abúlico y acrítico que oscila del acomodamiento al cabreo sin mediar palabra, acostumbrado como está a olas y contraolas de indiferencia y frentismo.
Emocionar con las palabras no convierte al orador en juglar ni al público en circense seguidor de un Hugo Chavez encubierto deseoso de lavar cerebros haciendo de la emoción palabra de dios.
Leo y leo y echo en falta un mensaje que me importe, una idea que conquiste la atención perdida de un país en distracción ancestral que ya no siente nada. A los españoles no les interesa el PIB ni las reformas aunque sean llamados a convertirse en sujetos activos del uno y de las otras. Generalmente el cuerpo me pide exilio pero últimamente me intriga descubrir las palabras precisas que logren despertarnos, un –yes, we can-, a la española…

No hay comentarios:

Publicar un comentario