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El tránsito de mi cuerpo en la puerta giratoria

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Hoy es otra puerta, otro día, otra década, otro edificio más alto, con más ascensores, otro distrito, otra luz, otro cielo. Pero el mismo cuerpo poroso en exceso a merced de la misma sustancia nociva, la misma injusticia y la misma parsimonia con la que engullen nuestras almas (si es que tal cosa existe, que diría Comeanises que no, y yo diría que ojalá que sí). Lo pensé la primera vez que me aposté frente a la puerta giratoria de una torre similar, con similares habitantes y normas y portátiles al hombro, hace años, mientras esperaba a Elena apoyada en un coche y desconocía por completo las reglas que años más tarde me habrían vapuleado sin asomo de duda. Y ya entonces sabía con rotundidad que no era mi sitio. Ahora, como una hormiga cargada de razones y de la exultante dignidad de los pequeños, me detengo a observar mi próximo despegue. Obligada por la sombra del rechazo a inventarme otro mundo, tomar carrerilla desde los confines de mi experiencia, que es más larga, más rica, má...

Mi vida sin el 14

Todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de despedirme de Caradeajo. Menos mal que, de vez en cuando, me la topo en el supermercado para comprobar algunas obviedades de su perfil, que toma mucha fibra (la necesita), bebe leche de soja y mantiene su cara de ajo hasta cuando despliega el flexo solar en su clase de Brikan yoga. Pero ya nunca nos vemos ni puedo jugar a ser la Carrie Bradshow del 14, entre otras cosas, porque ya no viajo en autobús sino en metro con destino al pequeño, ventoso y más pueblerino Manhattan madrileño, apretada como sardina plebeya, con gentes en chancleta, bolsa en bandolera y pantalón pirata, señoras con el bolso agarrao y en general, auténticos desconocidos sin una historia evidente que intuir y contar. Porque yo, aunque dotada genéticamente para la fabulación necesito pasar algún tiempo con mis personajes… Digo esto, en el momento en que la horda se desborda en el andén de Sainz de Baranda y entre los claros, en diagonal con mi asiento, diviso a mi amiga A...

No me etiquetes más

Suena a Jacques Brel y su ne me quitez pas pero es sólo una onomatopeya con idéntica voz desgarrada desde los confines del alma. No-me-e-ti-que-tes-más , diría Jacques desencajado, con el rostro enrojecido de urgencia y desesperación. Te lo pido por favor (y todos sabemos y por eso se lo enseñamos a los niños, que lo que se pide por favor no puede negarse), concédeme el don de la entropía, déjame ser una amalgama de cualidades no siempre bien engarzadas, pura contradicción, una outsider, si es preciso. Déjame ser lo que sea, sin etiquetas. Se lo digo al prójimo genérico, a quien quiera oírlo. No me digas que tengo que ser solidario y sostenible y de izquierdas en un mismo pack. No me digas que tengo que ser agresiva pero conciliadora. Que si lesbiana, moderna y guerrera, que sí gay extrovertido y escultural. Que soy mayor si no sigo a los Black Eye Peas o David Guetta o sí reconozco a los payasos de la tele y me se me de memoria las canciones de Mecano. Que tengo que ir con mi pegatin...

La maravillosa historia de blackcrow y un pastor afgano

Las personas son, como todos saben, pájaros o perros. Hay algunas tortugas pero son raras de encontrar, casi seres mitológicos. Esta es la historia de una pájara que no lo quiso ser de cuentas anuales y que, si era un poco perra, lo era por naturaleza y un esbelto pastor afgano con un talento peculiar, fotografiaba a ojo de pájaro pero ladraba sólo y exclusivamente cuando resultaba inexcusable. Blackcrow era, como su nombre índica, una pájara negra de inteligencia mordaz, algo siniestra, ya casi rehabilitada del lado oscuro y a punto de caer desde el gótico-vegano a los márgenes del centro derecha. El pastor afgano, por su parte, un ser elegantemente atemporal, pertenecía a un lugar indeterminado entre el campo grande y la ciudad pequeña, el cielo limpio y el suelo llano, el silencio y el susurro. Como siempre hay gente para todo, muchos perros y pájaros de nuestra pradera se mantuvieron ajenos a sus encantos. No yo. Al contrario, las fui descubriendo a pocos, a sorbos de té verde, cañ...

Tener las ideas, tener las palabras

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Esta mañana me he tentado los bolsillos, buscando el cuadernito rojo donde escribo lo que tontamente se me cae de las manos. No pude encontrarlo aunque sí una caja de tiritas, un bote de árnica y un libro de Lakoff "No pienses en un elefante". En él cuenta el lingüista como las palabras son para el cerebro como los versos al poeta, pura metáfora y como su oportuno manejo nos aleja o acerca de los otros o nos facilita o dificulta el cercano entendimiento al actuar como marcos que explican nuestra visión del mundo . Ayer tuve la oportunidad inolvidable de ser ponente en una charla sobre estrategia política a través de la retórica. Ofrecía una técnica de nombre impronunciable y que a muchos divirtió o interesó. Otros, pienso, desconfiaron de ella por su finalidad estratégica, como si la naturalidad de ser como uno es nos protegiera del golpe certero del contrario o de nuestras propia y naturales torpezas. Podemos llevar tiritas y árnica en el bolso pero si saltamos de rama e...

Bailar bajo la lluvia

De pequeñita creía que sería bailarina de flash dance o Lauren Bacal. El tiempo no me dio la razón pero, de igual menera, obtuve ciertos réditos a mi corta y limitadamente exitosa carrera como bailarina de jazz y actriz amateur de ámbito colegial. Despúes quise ser analista política y speechwriter. La vida me ofreció impagables oportunidades de hacer lo uno y lo otro. Fue entonces cuando supe que era la mujer más afortunada del mundo: una polítóloga con puesto de trabajo. Oh, my god, me dije cruzando los dedos por detrás de la espalda. La suerte no duró tanto, y tras la fortuna llegó la derrota. La primera gran bofetada de mi vida. Probablemente la necesitaba en una especie de justicia cósmica por el hecho de haber podido cumplir varios de mis sueños con menos de 25 años. Visto con distancia, hice siempre lo que quise y bailé una danza feliz por encima de todo aquello otro que pude hacer y preferí no hacer por principios. Y hoy tengo mejor recuerdo de mí. Después vino la consultoría de...

Cocktail de ideas y dudas

En la época de la facultad vivía, aún más que ahora, sumida en una duda razonable. Entonces, cada día, Marx, Locke, Habermas o Adam Smith se batían el cobre con manos invisibles y leyes de la historia. Y el saber de esas personas me fascinada, me dignificaba, que digo, me convertía en cortesana de un reino dialéctico donde los argumentos convivían con las dudas y las fisuras eran el motor de la reflexión continua. Al menos en el plano ideal el materialismo dialéctico resultaba tan solvente como la ciudad platónica pues tan contradictoria me parecía la lógica social como diversa la condición humana. Lo abstracto ideal y la tangibilidad de la historia eran para mí compatibles y yo estaba como loca de felicidad de rozar la verdad siquiera con la punta de los dedos. Por eso me sigue costando al día de hoy suscribir idearios completos, militar o creer a pies juntillas. Pero me apunto a dudar de forma sistemática y a someter cada día mis ideas al juicio de la razón y la historia. Con cariño,...