El momento del abrazo
del perdón
que abarque más allá del cuerpo,
que atraviese
en ondas expansivas las líneas de tiempo.
Tiempo
de pasar la mano por la herida.
Momento de templar las moléculas que bailan inquietas
y liberarlas.
Y abrazar a Saturno
y abrazar a Urano y a Neptuno
y abrazar las mayúsculas que exageran las cosas y aplácarlas.
A la vez tiempo de engrandecer lo pequeño, lo invisible, lo no visto.
Tiempo de usar palabras en desuso.
Decirme, por ejemplo, qué tal, valiente,
-Siempre andás por ahí, al fondo,
submarinista en fosas abisales-.
Ahora, tómate un respiro y respira.
Ven, siéntate ahora aquí, niña, en mis rodillas
Sana, sana...
Respira y abraza.
Tiempo para decir, está todo bien, todo está perfecto.
Everything is going to be ok.
Decir, para que conste: entrégate y confía.
Entrégate a ese principio primero,
The One, Dios.
La vida.
El papá y la mamá juntos de la mano.
Entrégate,
sin ironía.
Porque a lo mejor ha llegado el momento del abrazo
el abrazo que sostenga los abismos,
los puentes tibetanos en mitad del eclipse
Y allí subida cantar la sombra y danzarla.
Resplandeciente aún por el fogonazo del rayo aquel
que nos partió,
Y abrazar lo que quede del naufragio,
sin paradojas,
o abrazando las paradojas mismas,
convertidas ya en verdades,
y después,
seguir cosiendo en esos brazos, largamente, el torso, el corazón, las escápulas.
el miedo, el rencor y las amígdalas.
Abrazar, todo aquello que también somos.
Y, por fin,
honrarlo.

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